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Nos escribe Lucio

 

AÑO VIEJO, AÑO NUEVO: DON Y BENDICIÓN DE DIOS

Querida amiga, querido amigo: El 2009 es ya un año “viejo”. Todos deseamos de verdad que pase lo viejo y desaparezcan tantas cosas que a lo largo del año atentaron contra la dignidad del ser humano y contra la creación entera, contra el plan de amor de Dios para sus hijos y contra la convivencia entre los seres humanos en paz y en libertad. Lo hemos visto y sufrido en los periódicos y en la televisión. Hubo en el 2009 mucho horror, mucho sufrimiento, mucha muerte. Pero el año viejo fue también un don de Dios en nuestras vidas. Nos trajo la alegría de muchos encuentros y reencuentros, nos ayudó a madurar en la fe y en nuestro compromiso cristiano, creció el sentido de nuestra dignidad de bautizados en una Iglesia toda ella Pueblo de Dios, y participamos más, y más libremente, en la vida de nuestra parroquia, comunidad y diócesis. Aprendimos a vivir más austeros, generosos y solidarios, nos dolió hasta la indignación la injusticia de nuestro mundo y participamos en alguna “movida” por un mundo distinto y posible. Quisimos ser más dóciles al Espíritu de Jesús de Nazaret, y por ello más libres. Vivimos el gozo de sabernos hijos muy amados del único Padre, y pusimos confiadamente nuestra vida y nuestra tarea en sus manos, estando muchos ratos a solas, en la oración, tratando de amistad con aquel que sabemos que nos ama.

No arrojes el 2009 demasiado deprisa al trastero de las cosas viejas. ¡Hubo en él tanta gracia de Dios! Dedica un rato, antes de olvidarlo, a recordar y agradecer todo lo bueno que te dio. Puede que quedes sorprendido por tanto bien. Y luego sí, contento y agradecido por todo lo recibido, mira lo que Dios te ofrece: un año por delante, un Año Nuevo, un año para estrenar ilusiones y esperanzas, para crecer en eso que acabas de agradecer al año viejo, y en los encuentros, tareas y compromisos que todavía vas asumir para que el mundo y la Iglesia cambien.

No es una utopía. Un mundo nuevo es posible. Porque vivimos bajo la permanente bendición de Dios. Puedo decirte que cuando llega este día de Año Nuevo me llena de gozo la primera lectura de la Eucaristía de hoy. Posiblemente porque viví cinco años a la sombra y al cariño de las Clarisas de Tauste, pueblo en el que me estrené de cura, y donde cada día me “tropezaba” en el convento con la bendición de San Francisco al hermano León, que es la bendición de Dios a su pueblo. Allí aprendí a rezarla en tiempo presente: “El Señor te bendice y te protege,  ilumina su rostro sobre ti y te concede su favor; el Señor se fija en ti y te concede la paz”.

Así es y así seguirá siendo cada día del año que acabamos de estrenar y en el que Dios va a llenar con su paz nuestras vidas. En el que haremos lo posible para que esa paz de Dios sea una buena noticia para todos hombres y mujeres de nuestro mundo. Creo así poder decirte y desearte ¡feliz año nuevo!

Lucio Arauzo.

 

 

 
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