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Desde mi atalaya, por J.L. Domenech

 

 “LA ULTIMA CIMA”

¡No te pierdas la película! 

La circunstancia de que el estreno de la película sobre la vida y muerte de Pablo Domínguez haya coincidido con la clausura del año sacerdotal, no es ninguna casualidad. El Señor nos ha querido regalar una nueva versión del cura de Ars, en la persona de un cura de nuestro tiempo, de un hombre entregado en alma, vida y corazón a su sacerdocio.

Durante la proyección te enteras de cómo era Pablo por testimonios  directos, de primera mano, llenos de sinceridad y de frescura narrativa, muy bien enlazados por el director, con un ritmo ágil que mantiene la atención del espectador que  en absoluto permanece indiferente. Antes bien, desde el primer momento Pablo - el director le deja hacer a él - consigue tocar las fibras del sentimiento, te emociona, te hace sonreír y saltar las lágrimas. Se experimenta en la sala la presencia de un Dios cercano y amoroso que transciende de la vida de Pablo y se cuela en nuestros corazones.

Pablo era  abierto, amable, alegre, te hacía sentir bien.  En las confesiones te daba la paz del Señor. “No pasa nada” era su frase favorita fueran cuales fueran los pecados confesados. Para él todo eran maravillas del Señor. Que tenías un cáncer: “No pasa nada”,  es una ocasión para poder prepararte mejor. Siempre encontraba el motivo de dar gracias a Dios y a los demás. Nunca se quejaba. Se despreocupaba de su salud. No temía a la muerte. La muerte era una puerta que había que pasar para acceder al cielo.

Eran evidentes los dones y frutos que le venían del Altísimo. Los que vayáis a la película apreciaréis su buena presencia, su atractivo físico, su simpatía, su inteligencia, su bondad. Sus horas se multiplicaban milagrosamente. Siempre desarrollaba una labor extenuante pero cuando estaba con alguien le atendía sin prisas, como si no tuviera otra cosa que hacer.

Disfrutó evangelizando. Nuestra meta decía es ser santos, pero santos colaborando con Cristo para que muchos le conozcan a Él y le amen. Era un amante del conocimiento aplicado a la búsqueda de la verdad. Es una belleza, decía, descubrir como con la razón uno descubre que la fe es razonable.

Dios le había agraciado con un gran humor. Se lo pasó tan bien que Dios le concedió en la tierra un anticipo del cielo. Los niños querían siempre estar con él y Pablo gozaba con ellos participando de sus juegos como un niño grande que era. Le gustaba mucho la montaña. Buscaba y oraba a Dios en las cumbres como Jesucristo solía hacer.

La cumbre era el símbolo de lo que el aspiraba en su vida: estar cerca de Dios al que parecía tocar, y Dios le llamó con El en la cumbre, culminando, a sus 42 años, el plan de salvación que le tenía preparado. Pero Pablo continúa siendo instrumento de los planes de salvación que el Padre Celestial tiene diseñados para cada uno de nosotros, y sigue desde el cielo derramando sus rosas de esperanza y de amor.

Cuando se acaba la proyección, el público permanece unos momentos en silencio, quietos en sus butacas, tratando de sosegar la emoción, disimulando el rastro de una lágrima, fortalecida su fe en Dios y en los hombres y con el propósito firme de valorar a nuestros sacerdotes como se merecen.

 

 
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