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Soplos del Espíritu, por Luis Alloza

 

UN CUENTO QUE TIENE MORALEJA

¿Cuáles son nuestras prioridades en la vida?

Cuentan de un viejo profesor que un día en clase puso a los alumnos una práctica. Les puso una copa grande de cristal y la empezó a llenar de bolas de golf. Cuando hubo acabado les preguntó que si estaba llena y ante el asentimiento de todos, sacó de su bolsillo una bolsita que contenía gravilla y procedió a rellenar la copa. Sin dificultad las piedrecillas iban ocupando los espacios vacíos, hasta que no cupieron más. Nuevamente el profesor preguntó a sus alumnos: ¿Está la copa llena? Un tanto mosqueados contestaron que si, que ahora ya estaba llena. Entonces volvió a sacar de su bolsillo otra bolsita, esta vez con arena finísima, y tampoco tuvo problemas en ocupar los huecos que había entre las piedrecitas.

Cuando el profesor volvió a preguntarles si la copa ya estaba por fin llena, todos habían asimilado la lección de física y al unísono dijeron: No, profesor, todavía puede poner un liquido en la copa. Efectivamente, el profesor cogió la jarra que tenía en la mesa y el agua pudo tener también su sitio en la copa.

Una vez terminado el experimento el profesor preguntó a la clase que conclusiones habían sacado. Todos argumentaron desde el enfoque científico, pero el profesor les hizo ver que había otros puntos de vista, En primer lugar les hizo observar que si hubieran empezado en orden inverso a llenar la copa, no hubieran podido llenarla más que con agua. Cualquier otro de los componentes habría hecho rebasar la copa. Para poder conservar en la copa las bolas de golf, la gravilla, la arena y el agua, era preciso establecer un orden previo a la operación.

Pues bien, añadió el profesor, en la vida tenemos que organizar nuestras prioridades, pero no siempre lo hacemos adecuadamente. El mundo nos envuelve con sus propias prioridades, que no coinciden con las nuestras, y nosotros caemos en la trampa. Dedicamos nuestro tiempo, que es tan limitado como la copa de cristal, a hacer un montón de cosas, creyendo que son muy importantes, o que son muy atractivas, o que son muy necesarias, o que son muy placenteras.

Pero todo eso es morralla que impide llenar nuestra vida de de sentido. En vez de guiarnos por nuestra conciencia, por lo más profundo de nuestro corazón, que nos ayuda a establecer el orden y las actividades a realizar diariamente, pensando en los demás, nos dejamos influenciar por un mundo que solo nos invita a vivir un presente sin esperanza, sin sentido. Un mundo que cifra su fórmula mágica en que logremos  la plenitud de nuestro yo en el egoísta bienestar de cada día. Un mundo sin principios ni valores que antepone el “bien estar” al “bien ser”. Un mundo que destruye la esperanza.

 

Llenar nuestra vida de sentido, de esperanza, de solidaridad fraterna,  es fundamental si queremos entre todos hacer un mundo mejor. Este enfoque no tiene porque ser en principio religioso. Víctor Frankl, afamado psiquiatra,  prisionero, en los bestiales campos de concentración nazis, en su obra “El hombre en busca de sentido”, sintió en su propio ser lo que significaba una existencia desnuda de esperanza. Sus padres, su hermano, incluso su esposa, murieron en los campos de concentración o fueron enviados a las cámaras de gas, de tal suerte que, salvo una hermana, todos perecieron. ¿Cómo pudo él —que todo lo había perdido, que había visto destruir todo lo que valía la pena, que padeció hambre, frío, brutalidades sin fin, que tantas veces estuvo a punto del exterminio—, cómo pudo aceptar que la vida fuera digna de vivirla, que tuviera un sentido ?

Frankl gusta de citar a Nietzsche: "Quien tiene un porque para, vivir, encontrará casi siempre el como". En el campo de concentración, se enfrenta de lleno a la omnipresencia del sufrimiento y a las fuerzas del mal, adopta un punto de vista sorprendentemente esperanzador sobre la capacidad humana de trascender sus dificultades y descubrir la verdad conveniente y orientadora.

Es un enfoque desde el saber humano, del mundo de los sentimientos y de los principios y valores éticos y morales. Los principios físicos ya no cuentan. La capacidad de la copa no se mide con criterios geométricos en dimensiones espacio temporales. Son otros factores otros condicionantes, los que no dejan sitio, en nuestra copa de la vida, al crecimiento como persona, a la dignidad y a la libertad que todo ser humano tiene derecho.

Existe también un enfoque teológico, desde la sabiduría divina que nos lleva a la verdad completa, desde la Palabra de Dios,  acogida, guardada y meditada. En la copa depositamos nuestros afectos y nuestros apegos, la semilla del bien que crece dentro de nosotros y la semilla del mal que nos va destruyendo. La capacidad humana de la copa es limitada, asociada a Dios cabe el universo. A el le entregamos la copa llena de nuestros apegos para que la vacíe y la llene del vino nuevo. Entregados a El, conducidos por El, dejando que el Señor lleve las riendas de nuestra vida. Las bolas principales las da Dios gratuitamente. Nos toca aceptarlas y utilizarlas. Son la fe, la esperanza y la caridad, pero la principal es el amor, una caridad ardiente a Dios y al prójimo.  Sin caridad, ni la esperanza ni la fe nos conduce al Reino de Dios, en donde ya no son necesarias ni la fe ni la esperanza. Solo la caridad permanece por siempre y llena nuestra copa de vida eterna.

En cada mano abierta  y confiada dejamos al Señor que quite lo que nos sobra y embaraza y ponga en su lugar lo que nos falta, y para que no se nos escape lo que nos da, formamos con nuestras manos orantes un cuenco en el que se deposita la gracia y el amor de Dios. Manos que luego se tienden a los demás para compartir, copas comunicantes que nunca acaban de llenarse.

Siempre deberías reservar un hueco en tu copa para las cosas importantes.

 
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