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"Moniciones de la lectura litúrgica""

"Moniciones de la lectura litúrgica"

 

Este espacio, al que podéis acceder en el menú de la columna de la izquierda, se abre para fomentar la lectura litúrgica de los textos sagrados y recoger las reflexiones de los fieles de la parroquia sobre los mismos.

Mediante claves que iremos ofreciendo, un lenguaje más coloquial y una pregunta de discernimiento, pretendemos facilitar la comprensión de la Escritura, así como estimular a una lectura frecuente y personalizada de la misma, llegando a ser verdaderos oyentes de la Palabra.

El Dios de Jesús, un Dios desconcertante y enamorado, que da vida y transforma, tiene una Palabra, quiere decírtela y quiere que tú le cuentes  también.

Cada día meditaremos el salmo que corresponda y cada semana publicaremos las moniciones dominicales.

Criterios

La monición tiene algunos criterios que la caracterizarían como son:
 
- Que toma la Palabra un laico. Mostrando así el modelo de ser Iglesia, Pueblo de Dios , en el que todos los cristianos somos miembros activos de la evangelización.

-  Cierta homogeneidad a lo largo del año, en torno a la Palabra, complementando la diversas perspectivas de los sacerdotes que celebran cada domingo.

-  Comentarios desde la vida cotidiana, la Palabra de Dios se hace presente en nuestro fraguar cotidiano. 

-   Invitación a orar con la Palabra a lo largo de la semana y a personalizarla. 

-   Proponer la vida ordinaria como lugar de encuentro con el Dios vivo, el Dios de Jesús. Un encuentro transformante, haciendo de la fe una relación real, que tiene que ver con la vida concreta.

Histórico de moniciones

Se podrán consultar las moniciones de los meses anteriores pulsando aquí

 
Monición dominical

 

DOMINGO XIII Tiempo ordinario:

 

Muerte de hija

CICLO B.

 

 En esta mañana de un domingo anodino, cuando muchos inician sus vacaciones y todo parece ralentizarse, la Palabra sigue iluminando y sorprendiendo; lo mismo que la vida con sus vicisitudes, oportunidades y amenazas.

El Evangelio nos puede despistar si nos quedamos en la superficie del milagro relatado.

La Palabra de Dios siempre es más realista de lo que pensamos, recordándonos la gran paradoja de nuestra existencia, ese movernos entre vida y muerte, ideales y realidad...

¿Son nuestros sueños y esperanzas pura quimera? ¿Como salir del callejón sin salida al que lleva todo intento de vivir a fondo?

La Palabra nos ofrece tres principios de Sabiduría para desenvolvernos entre esas certezas aparentemente contradictorias de nuestra existencia, entre la realidad inexorable de la muerte y nuestro anhelo insaciable de vivir más y mejor. Tres principios de Sabiduría nos ofrece hoy la Palabra, para decirnos algo así como, recuerda que, cuando esta película de la vida parezca que llega a su fin, recuerda que “Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes”, por eso cuando sufras un traspié, todo se te venga encima o se vaya al garete lo que más te importa, no olvides estas tres palabras mágicas de Jesús:

-                        Confía  

-                        No temas

-                        y Levántate

 

Pregunta para la Semana:

¿Tiene sentido levantarse cada mañana

si la batalla está perdida?

 

 

DOMINGO XII Tiempo ordinario: 

Tormenta

CICLO B.

  Mientras el dicho popular nos consuela diciendo que “Después de la tormenta viene la calma”,  la Palabra de Dios hoy va más allá y añade un plus, nos ayuda a confiar incluso en medio de la tormenta: A pesar de nuestros miedos, deseos y  posibilidades reales... no estamos solos!.

Ha comenzado algo nuevo, El único capaz de increpar al viento  y romper la arrogancia de las olas, está con nosotros.

Dios no está ausente, en la estratosfera, ni es indiferente a nuestros avatares diarios. Mientras navegamos por la vida, ya sea en travesías serenas o zarandeados en medio de la tempestad, Él -como “criatura nueva”- rema con nosotros y aunque, alguna vez, nos parezca que está dormido, no dejará que la barca se llene de agua.

 

Preguntas para la Semana:

¿Cómo reaccionaron los discípulos cuando sintieron que se hundían?

¿Que hago cuando siento que me hundo?

 

 DOMINGO XI Tiempo ordinario:Semilla

CICLO B.

Las Palabra de este domingo nos introduce de cabeza en el estilo con el que Dios actúa en la Historia

1.     Cuenta con el hombre, que ha de sembrar la semilla.

2.    Pero en la semilla hay algo que no ha puesto el hombre, una fuerza vital que no se debe a su esfuerzo. El fruto es obra de Dios.

3.  El fruto, no tiene nada que ver con nuestros deseos narcisistas de grandeza. El Reino es poderoso, pero como el granito de mostaza, su fuerza es oculta y a largo plazo.

4.   El fruto, el Reino está ya aquí entre nosotros, como las raíces de un arbusto de mostaza, invisibles a simple vista, pero fuertes, y más diseminadas de lo que imaginamos

Así es el Dios de Jesús, un Dios sorprendente, pero a su estilo. Un Dios que:

-                                    no nos ahorra esfuerzos

-                                    y a la vez invita a dejarnos sorprender por la novedad del cada día.

Todo es gracia, porque todo, absolutamente todo, está sostenido y penetrado por el misterio de ese Dios que es gracia, perdón y acogida para todas sus criaturas, como sugieren las ramas de cedro o de arbusto de mostaza.

 

Tarea para la Semana:

Reconócete  en un elemento o personaje de la parábola

¿Con cual te sientes más identificado en este momento de tu vida?

Sembrador, tierra, semillita, hoz, espiga, raíz, tallo, rama, arbusto, o una de las aves que anida al abrigo del árbol

 

 

DOMINGO Cuerpo y sangre de Cristo

CICLO B.

 

 La celebración de la misa ha ido cambiando a lo largo de los siglos. Según la época, se han destacado algunos aspectos y descuidado otros. La misa ha servido de marco para coronaciones de reyes y papas, rendir homenajes o conmemorar victorias de guerra.

Después de veinte siglos, convendría destacar como era recordada la última Cena del Señor por los primeros cristianos.

En el fondo de esa cena hay algo que jamás será olvidado: sus seguidores no quedarán huérfanos. La muerte de Jesús no podrá romper su comunión con él. Nadie ha de sentir el vacío de su ausencia. En el centro de toda comunidad cristiana que celebra la eucaristía está Cristo vivo y operante. Aquí está el secreto de su fuerza.

No basta asistir a esa cena. Los discípulos son invitados a «comer», a escuchar sus palabras e introducirlas en nuestro corazón, y a comulgar con él identificándonos con su estilo de vivir.

No hemos de olvidar que «comulgar» con Jesús es comulgar con alguien que ha vivido y ha muerto «entregado» totalmente por los demás. Así insiste Jesús. Su cuerpo es un «cuerpo entregado» y su sangre es una «sangre derramada» por la salvación de todos. Es una contradicción acercarnos a «comulgar» con Jesús, pendientes de nuestro propio bienestar espiritual.

Por eso la celebración de esta cena del Señor hemos de cuidarla tanto, porque nos moldea, nos va uniendo a Jesús, nos alimenta de su vida, nos familiariza con el evangelio, nos invita a vivir en actitud de servicio fraterno y nos sostiene en la esperanza.

 

Pregunta para la Semana:

¿Te imaginas cenando con el Señor?

No lo olvides, El te invita

 

 

DOMINGO Santísima Trinidad. CICLO B.

 

Hoy día de la Santísima Trinidad, algo así como el día del santo de Dios, del Dios de Jesús.

Un Dios verdaderamente sorprendente, inaudito, como nos adelantará la lectura del Deuteronomio: Pregunta, pregunta... ¿quién podría haber imaginado que Dios es así? Un Dios que actúa en nuestra historia y que habla al oído palabras de amor...

Un Dios verdaderamente sorprendente, que nos hace hijos adoptivos, como escucharemos en la carta a los Romanos. ¿Y hemos pensado alguna vez, en serio, qué alcance tiene eso? ¡Yo, hijo del mismísimo Dios!

Un Dios totalmente desconcertante, como nos recuerda el Evangelio, oculto y al mismo tiempo deseoso en darse a conocer, entregando lo más suyo.

Sí, Dios, Santísima Trinidad es un misterio. La vida que llevamos en las manos es misterio... pero un misterio acompañado de signos, noticias y la misma fuerza de Dios, todos los días, hasta el fin del mundo.

 

Pregunta para la Semana:

¿Y yo?,

¿He visto todo lo que el Señor está haciendo conmigo?

¿He felicitado alguna vez a Dios en el día de su santo?

Lo podemos hacer hoy y... cada día

 

 


Salmos de cada día

23 de febrero,domingo

Salmo 25. El Señor corrige a quien ama

 

Enséñame tus senderos.
Guíame por el camino de tu fidelidad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y mi salvador.

Acuérdate, Señor, de tu compasión y de tu amor,
porque son eternos.
por tu bondad, Señor, acuérdate de mi según tu fidelidad.

El Señor es bondadoso y recto:
por eso muestra el camino a los extraviados;
él guía a los humildes para que obren rectamente
y enseña su camino a los pobres.

El salmo presenta la oración de los pobres y los humildes que mantienen la confianza en la misericordia de Dios y la esperanza de que el Señor les guiará, con amor y fidelidad, por el camino de la salvación. La pobreza y la humildad son ante todo actitudes de amor, sumisión y obediencia filial, que se oponen a las actitudes de soberbia y arrogancia de quienes prescinden de Dios y depositan su confianza en sí mismos, en el poder y en el dinero. En Proverbios 3,12, se revela porqué el Señor nos enseña a caminar por el sendero recto: “Dios corrige a quien ama, como un padre al hijo en quien se deleita”, y en Hebreos 12,5, san Pablo nos exhorta: “Hijo mío, no tengas en poco la disciplina del Señor, ni te desanimes al ser reprendido por Él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Es para vuestra corrección que sufrís; Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo hay a quien su padre no discipline?”. Sentirse dependientes totalmente de Dios, sentir el peso de una historia de pecados y rebeldías, pedirle al Señor con humildad que alivie la angustia de nuestro corazón, apelar a la compasión y al amor de Dios, sentirse en presencia del Altísimo, invitan a nuestra alma a elevar la mirada a quien también nos contempla. Cuando nuestras miradas se cruzan, sentimos como se derrama en nosotros la misericordia infinita de Dios Trinidad, y todas nuestras angustias y tribulaciones se disipan al  calor de su mirada.

En este tiempo de cuaresma acudamos al templo, y ante la presencia eucarística de Jesús, dejémonos mirar por el Señor. Yo le miro y El me mira. Dejémonos sentir amar y perdonar, dejémonos sentir como Jesús nos acoge desde la Cruz con los brazos abiertos, dejémonos sentir un pecador abrazado. Sentirse mendigos de amor ante el Señor, pedirle al Señor con humildad que ilumine y conduzca nuestra vida, invitan a nuestra alma a elevar la mirada a quien siempre nos contempla y nos guía.  Enséñanos tu camino, Señor y andaremos en tu Luz.

 

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo

 

 

 

22 de febrero, sábado

Salmo 86.  Confianza en Dios ante las dificultades. Enséñame, Señor, tu camino, y caminaré según tu verdad.

Inclina tu oído, Señor, respóndeme,
porque soy pobre y miserable;
protégeme, porque soy uno de tus fieles,
salva a tu servidor que en ti confía.

Tú eres mi Dios: ten piedad de mí, Señor,
porque te invoco todo el día;
reconforta el ánimo de tu servidor,
porque a ti, Señor, elevo mi alma.

Tú, Señor, eres bueno e indulgente,
rico en misericordia con aquellos que te invocan:
¡atiende, Señor, a mi plegaria,
escucha la voz de mi súplica!

Este salmo forma parte de un proceso de conversión que va a durar toda nuestra vida. En este tiempo de cuaresma, meditábamos ayer sobre nuestra condición de pecadores, necesitados de la misericordia y del perdón de Dios. La conversión se iniciaba cuando cambiábamos de perspectiva, y elevábamos nuestra mirada al Único que podía dar sentido a nuestra vida. Era precisa una actitud de arrepentimiento y de humildad: “Señor, tú no desprecias un corazón  contrito y humillado”. Hoy nuestra actitud sigue partiendo de una total dependencia del Altísimo, reconociendo nuestra pequeñez y nuestra pobreza, pero ahora nuestra actitud está revestida de filial confianza y abandono en Dios, nuestro Padre. Es la actitud de un niño, que sin doblez ni cálculos se abandona plenamente al Padre para avanzar por el camino de la vida.

La súplica del salmista, en medio de sus dificultades y tribulaciones, está llena de fe y esperanza en que su Dios, bondadoso e indulgente, le va a escuchar y proteger. Su fe no solamente le rescata de la angustia y del dolor que siente, sino que abre su corazón a la visión misma de un Dios que permanece fiel a su promesa  y ama, perdona, rescata, protege, sana y salva. Vence el salmista la tentación de que esa situación por la que atraviesa le lleve a encerrarse en si mismo, y deposita en Dios su oración, experimentando como se transforma su propio corazón, y como comienza también la transformación del mundo. Es la fuerza de la oración la que da fuerza al desvalido, al enfermo, al necesitado, al oprimido, porque el Espíritu de Dios acude siempre en defensa de nuestra debilidad, y se une a nuestra oración intercediendo al Padre con gemidos inefables. En estos momentos aflora a nuestros labios la alabanza a Dios misericordioso, que no permite que caigamos en la desesperación, y en la muerte del alma, liberándonos del mal y del pecado. No queremos una libertad que esclaviza. Enséñame, Señor, el camino que conduce a tu Verdad. Ante ti, Señor no buscamos libertad, porque hacemos de ti, Señor, el horizonte de nuestra libertad.

Amén

 

 

Viernes, 20 de febrero

Salmo 51. Tú no desprecias un corazón contrito y humillado.

¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad, por tu gran compasión,
borra mis faltas!
¡Lávame totalmente de mi culpa
y purifícame de mi pecado!

Porque yo reconozco mis faltas
y mi pecado está siempre ante mi,
contra ti,
contra ti sólo pequé.

Los sacrificios no te satisfacen;
si ofrezco un holocausto, no lo aceptas:
mi sacrificio es un espíritu contrito,
tú no desprecias el corazón contrito y humillado.

Se dice que en la oración hablamos a Dios y en la lectura de su Palabra escuchamos a Dios. En los salmos se produce a la vez oración y escucha, porque son oraciones inspiradas por el mismo Dios. Es la Palabra de Dios la que desvela al hombre el pecado cometido. Es su Santo Espíritu quien instruye nuestra alma y nos da sabiduría para reconocer el pecado, pesadumbre por haberlo cometido, y deseos de conversión. Por eso es tan importante, para la salud de nuestra alma, escuchar su Palabra, orarla y sentirnos interpelados por ella. Como dice el Papa, la Palabra no nos puede dejar indiferentes o complacidos, cuando contiene denuncias o advertencias, pensando que no va con nosotros. La Palabra te enseña a ti donde está la senda recta, te corrige a ti, te advierte a ti, y  está dirigida a ti. No la reenviemos a otros. No utilicemos nunca una Palabra como arma personal contra otros, porque la Palabra es de Dios y no nuestra. ¡Cuántas veces vemos la paja en el ojo ajeno y no vemos la viga en el propio!. ¡Cuántas veces resaltamos las miserias ajenas y minimizamos o disculpamos las propias!. ¡Cuántas veces criticamos a los demás, y que pocas veces aceptamos que nos critiquen!. ¡Cuántas veces somos indulgentes con nosotros y exigentes con el prójimo!. ¡Cuántas veces hemos dado gracias a Dios, como el fariseo, sintiéndonos superiores a los demás, por nuestros propios merecimientos y esfuerzos!
Es la inversión, la distorsión, la deformación del bien y del mal, en el sentido que le da Isaías: "¡Ay de los que llaman al mal bien, y al bien mal; que dan oscuridad por luz y luz por oscuridad!" (Is 5,20). El pecado expresa la idea  de rebelión, de reto a Dios y a su proyecto. Supone subvertir, romper el vínculo de unión con el creador y  serle desleal. El pecado, dice el catecismo,  es una ofensa a Dios que rompe la comunión con Él y nos aparta de su luz. El resultado es siempre perverso porque, o bien tratamos de vivir a espaldas de Dios, como si no existiera, y la misma noción del  pecado fuera una invención humana, un mero producto de la historia, ya superado, o  bien, en el extremo opuesto, nos dedicamos a juzgar y condenar los pecados en los demás, mientras somos incapaces de sentir que somos todos pecadores necesitados de la divina misericordia. El pecado no gusta de la Luz. Nos sumerge en un mundo de tinieblas y entramos en una niebla espiritual donde no llega ni la Luz ni la Palabra. El gran problema del hombre  es vivir sin conciencia de haber pecado. En la Biblia vemos que es lo que le ocurrió al rey David, hasta que el profeta Natán le despertó su conciencia, censurando abiertamente su adulterio con Betsabé y el asesinato de su marido Urías.
Pero la Palabra y el Espíritu Santo que habita en nosotros misteriosamente iluminan nuestra alma y su luz nos permite ver las suciedades y las telarañas que nos han pasado desapercibidas. Tener conciencia de pecado, y dirigirnos a Dios con el corazón contrito y humillado, provocan siempre la apasionada, fuerte y fiel ternura de la misericordia de nuestro Padre celestial. Este salmo no canta el pecado sino la misericordia de Dios. El perdón a la vez que libera de la esclavitud del pecado crea en nosotros  un corazón nuevo. Un corazón que sabe que será la misericordia de Dios la que vencerá y dirá la última palabra. El salmista, reconoce su pecado y siente que le había alejado de Dios. Le suplica que no le arroje de su lado, que no le rechace, que no le quite su Santo Espíritu.  Es maravillosa la intuición profética del salmista que  vislumbra la presencia del Espíritu que anida en su alma y le mueve a la conversión.
En palabras del santo Juan Pablo II, el Miserere, que es así como se le llama a este salmo, es "una de las oraciones más célebres del Salterio, el más intenso y repetido salmo penitencial, el canto del pecado y del perdón, la más profunda meditación sobre la culpa y la gracia". Él salmista orante se ha transformado, al entrar en la región luminosa de la gracia y el perdón, en testigo y en agente evangelizador: "Enseñaré tu camino a los impíos y los pecadores volverán a ti". Esa es también nuestra tarea, ser testigos del amor de Cristo.
Amén

18 de febrero, jueves

Salmo 29. "Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto."

¡Aclamad al Señor, hijos de Dios!
¡Aclamad la gloria del nombre del Señor, adorarlo al manifestarse su santidad!

¡La voz del Señor sobre las aguas!
El Señor está sobre las aguas torrenciales.
¡La voz del Señor es potente,
la voz del Señor es magnífica!

El Dios de la gloria hace oír su trueno:
el Señor arrasa las selvas.
El Señor tiene su trono sobre las aguas celestiales,
el Señor se sienta en su trono de Rey eterno.

La primera Lectura del día, que precede al salmo, narra el diluvio universal, y da pie al Papa Francisco para advertirnos que el hombre es incluso capaz de destruir lo que Dios ha creado. Hablando del pasaje del Génesis que muestra la ira de Dios por la maldad del hombre,  ha observado que el hombre "parece ser más poderoso que Dios”,  y es capaz de destruir las cosas buenas que Él ha hecho. Es capaz de destruir la fraternidad en la humanidad, como ocurrió con Caín y Abel, y está ocurriendo ahora  con el drama de la decapitación de veintiún egipcios coptos a manos del Califato Islámico, sacrificados por el sólo hecho de ser cristianos. ¿Será casualidad de que en estos días conmemoremos el martirio de cinco jóvenes egipcios, convertidos al cristianismo, que al juzgarlos enemigos de los dioses paganos, el gobernador Firmiliano los mandó decapitar en el año 309?
Pero Dios tiene la última palabra y arrasará las selvas, los laberintos, las torres de Babel, donde el hombre soberbio y malvado se instala y pierde su rumbo. No ha cesado la tempestad en nuestras vidas, pero ha cesado el modo de contemplarla, porque la voz del Señor se ha dejado oír sobre la tierra a través de la tormenta, y al elevar la mirada al Dios de la gloria, al Rey eterno, podemos meditar el acontecimiento que cambió nuestras vidas para siempre, aquel día en el río Jordán, en el que apenas que Jesús salió del agua, se vio rasgarse el cielo y el Espíritu bajó hacia Él como una paloma, y se oyó una voz del cielo potente y magnifica: "Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto."

Ya nada puede ser igual, porque desde aquel día fuimos bautizados con Cristo, y resucitaremos con Cristo. Con Jesús todos somos destinatarios de esa voz del cielo que nos dice que somos sus hijos amados y predilectos. Jesús es y será nuestra paz y nuestro gozo. En Él alcanza su plenitud la bendición de Dios a su pueblo, porque Jesús es la Paz. Ya podemos contemplar las pruebas y las tribulaciones desde otra perspectiva, ya el miedo y los sufrimientos no nos encierran en nosotros mismos, porque con la fe en Jesús, tomando su mano tendida, se pasa de la tormenta a la calma, de la agitación a la paz. En Dios recuperamos la serenidad y la esperanza.

Amén

 

Martes, 3 de febrero de 2015

Salmo 22.  Todos los que duermen en el sepulcro se postrarán en su presencia

 

Cumpliré mis votos delante de los fieles:
los pobres comerán hasta saciarse
y los que buscan al Señor lo alabarán.
¡Que sus corazones vivan para siempre!

Todos los confines de la tierra
se acordarán y volverán al Señor;
todas las familias de los pueblos
se postrarán en su presencia.

Todos los que duermen en el sepulcro
se postrarán en su presencia;
todos los que bajaron a la tierra
doblarán la rodilla ante Él.

Hablarán del Señor a la generación futura,
anunciarán su justicia
a los que nacerán después,
porque esta es la obra del Señor.

 

El Señor recitaba en su agonía este salmo, que comienza por el versículo que todos conocemos: "Dios mío, Dios mío, porqué me has abandonado." Jesús siente como propia la sensación de soledad y desamparo que nos aflige cuando todo se derrumba a nuestro alrededor. Jesús hace suya la pregunta del hombre que sufre y no comprende el silencio de Dios. Jesús asume la condición humana porque en todo menos en el pecado se hace igual que nosotros. “¡No andes lejos de mí, que la angustia está cerca, no hay para mí socorro!” sigue recitando Jesús, “Puedo contar todos mis huesos; ellos me observan y me miran, repártense entre sí mis vestiduras y se sortean mi túnica”.

Era necesario este prólogo para orar los versículos de la lectura de hoy, y contemplar como Jesús, cercana ya su muerte, siente entre enormes dolores la satisfacción del deber cumplido, que todo está a punto de cumplirse, que va a cumplir la voluntad del Padre y que su muerte va a dar vida en abundancia: “los pobres comerán  hasta saciarse” y sus corazones vivirán para siempre.  ¡Que preciosa es esta parte del salmo! Dejar que el Señor en la cruz ore por nosotros, y nos diga que su muerte no fue un fracaso, que su sacrificio no fue en vano. Que todos los confines de la tierra recordarán ese momento, este momento y se convertirán. Que todas las naciones adorarán al Señor nuestro Dios y a él solo servirán. Que todos los muertos resucitarán y alabarán al Dios de la vida, al mismo que resucitará a su Hijo y lo glorificará. Que todos sus fieles anunciarán generación tras generación la obra de Dios, el maravilloso plan de salvación, que en la Cruz hizo posible conciliar su justicia y su misericordia.

¡Alabado sea el Señor y benditos sean los que creen en sus obras!

 

 

Domingo, 1 de febrero de 2015

Salmo 95. ¡No endurezcáis vuestro corazón!


¡Venid, cantemos con júbilo al Señor,

aclamemos a la Roca que nos salva!

¡Lleguemos hasta él dándole gracias,

aclamemos con música al Señor!

¡Entrad, inclinémonos para adorarlo!

¡Doblemos la rodilla ante el Señor que nos creó!

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros, el pueblo que él apacienta,

las ovejas conducidas por su mano.

Ojalá hoy escuchéis la voz del Señor:
«No endurezcáis vuestro corazón como en Meribá,
como en el día de Masá, en el desierto,
cuando vuestros padres me tentaron y provocaron,
aunque habían visto mis obras.»

En la meditación de este salmo hecha en días anteriores hemos reflexionado sobre la invitación que se nos hace a la alabanza y a la obediencia y a la necesidad acuciante de que escuchemos siempre la voz del Señor. Hoy resuena en nuestro corazón el mensaje de Isaías 40,8: “La hierba se seca, la flor se marchita, mas la palabra de nuestro Dios permanece por siempre”. Benedicto XVI nos enseña con autoridad sobre la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia, y dice que Dios se da a conocer en el diálogo que desea tener con nosotros y recuerda que “Dios invisible, movido de amor, habla a los hombres como amigos, trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía”. Es san Buenaventura, quien dice que «toda criatura es Palabra de Dios, en cuanto que proclama a Dios». Toda la existencia del hombre, nos dice el papa emérito, “se convierte en un diálogo con Dios que habla y escucha, que llama y mueve nuestra vida”. Lo importante es emplear nuestra libertad para decidir hablarle y escucharle, saber interpretar en clave de fe su silencio y sus signos y Él, su Espíritu, convertirá nuestro corazón, nos guiará, instruirá y transformará para poder entrar a Él, adorarle y doblar las rodillas de nuestro orgullo, con el corazón abierto y agradecido, y dialogar con Él en oración continua. Misteriosamente Dios nos habla mucho más de lo que creemos, a pesar de todos nuestros fallos de comunicación. Tenemos que luchar contra la tentación de adherirnos a la idea maligna, de que nuestra oración es un monólogo que no tiene otra respuesta, que un aparente silencio de Dios. Nosotros no seríamos capaces de relacionarnos con Dios sin que Él se abajara a nosotros, sin que Jesús nos hubiera enseñado a orar y sin que su Espíritu pusiera en nosotros el impulso, la palabra o la fórmula.

Dialoguemos con Jesús y escuchemos su voz. Eso es oración. Pidámosle un corazón puro y una mente limpia para poder percibir su presencia y su acción en nosotros, para poder “oír, ver, tocar y contemplar” al Verbo de la Vida, porque la vida misma se manifestó en Cristo (1 Juan 1,2-3). Confiemos en la fuerza de la oración, porque Dios “al cansado da vigor, y al que no tiene fuerzas la energía le acrecienta. Los jóvenes se cansan, se fatigan, los valientes tropiezan y vacilan, mientras que a los que esperan en Yahveh él les renovará el vigor, subirán con alas como de águilas, correrán sin fatigarse y andarán sin cansarse”. (Isaías 40, 29-31)

Amén