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Soplos del Espíritu, por Luis Alloza. 2

 

EL MISTERIO DE LA CRUZ

Meditaciones de Cuaresma

Contemplando tu muerte en la cruz, Dios mío, me asombro ante la inmensidad de tu misterio. En la cruz reconcilias al Padre con los hombres. Restauras la justicia, pagas con tu pasión y muerte el rescate del hombre y lo liberas de su esclavitud. El pecado del hombre no era irreversible, como sucede con los ángeles caídos, y por lo tanto era susceptible de reparación, pero nuestra libertad nos había alejado de Dios eligiendo la muerte. Era necesario un plan de salvación que nos devolviera la vida, que se ejecuta y se va desarrollando al mismo tiempo que se dicta el castigo, convertido en un acto de amor del Padre que nunca ha dejado de amarnos. La redención del hombre culmina en la cruz. Es el acto de amor supremo, la entrega suprema, el sacrificio supremo. Tu divinidad está clavada en la cruz, en la humildad que se nos muestra como un atributo de Dios, en el misterio de la cruz. El fruto de tu muerte en la cruz es vida eterna. Tú eres como un ciprés siempre verde y gracias a ti se le halla fruto. Tú eres el grano de trigo que muere y da mucho fruto.

En las actas del martirio de san Andrés, el Apóstol, antes de tenderse en la cruz, le dirige este saludo: "¡Oh cruz, instrumento de salvación del Altísimo! ¡Oh cruz, trofeo de la victoria de Cristo sobre los enemigos! ¡Oh cruz, que estás plantada en la tierra y das fruto en el cielo! ¡Oh nombre de la cruz, rebosante de todo! ¡Conozco tu misterio!" y el español San Rafael Arnáiz Barón nos apremia a que aprendamos de una vez, meditando la vida de Jesús, su Pasión y su muerte, que sólo hay un camino para llegar a El..., el camino de la santa Cruz.

Una cruz a secas es un madero simplemente.

La Iglesia de un país europeo se dirigió no hace mucho a una agencia publicitaria para aconsejarse sobre la forma de presentar el mensaje cristiano con ocasión de Pascua; y el consejo que le dieron fue que, como primera medida, eliminasen el símbolo de la cruz por ser demasiado anticuado y triste... ¡No habían entendido nada!


 

Muchos hacen de la cruz un ídolo, un simple fetiche. La Cruz de Cristo es otra cosa muy distinta, porque no puede llevarse ni contemplarse sin referenciarla en Jesús.  Otra cuestión es que clase de cruz es la que Jesús nos invita a cargar, porque creo que hemos tergiversado también eso. Jesús no instaura una doctrina del conformismo en la pobreza, en la enfermedad y en la desigualdad, simplemente porque esas no son las cruces que debemos cargar con docilidad evangélica. Esas son las cruces del mal que hay que combatir desde todos los frentes. Lo que hay que volver es al principio de la historia para corregir el error y el principio de la historia es el mensaje de Jesús, el modelo de vida de Jesús. Jesús carga con una cruz que simboliza el pecado del mundo y decide voluntariamente hacer de ella un altar en el que se sacrifica para con su muerte darnos vida eterna. Paga nuestra deuda, adquiere un pueblo santo, permite conciliar la justicia y la misericordia de Dios. Si hemos de seguir su ejemplo tenemos que ofrecernos al Padre en el altar de la cruz.

 
Cargar con la cruz de cada día de nuestra condición humana, con nuestra pequeñez, nuestra impotencia, nuestra debilidad, nuestra dependencia y sumisión absolutas a la voluntad de Dios, con nuestro pecado y con el pecado de la humanidad y transformarlo en amor que salva. Esa es la cruz que debemos cargar, la cruz de la victoria de Cristo que resultó vencedor al aceptar ser víctima para dar a los perdedores del mundo la esperanza cierta de que también ellos saldrán vencedores. La fe en Cristo que nos lleva a compartir su victoria, aceptando ser víctimas de amor por los demás hasta el martirio. Todos tenemos una cruz que cargar en este mundo y ¡Ay! del que carezca de ella, pues como decía el santo Cura de Ars: “La mayor cruz es no tener cruz”.

Esa cruz de cada día consiste en la virtud transformante de la caridad, el amor activo al hermano que te necesita. "Consolad, consolad a mi pueblo, hablad al corazón de Jerusalén, gritadle que se ha cumplido su servicio". La cruz es la misión de cada día que el Señor te encomienda, el conjunto de tareas que conforman el cumplimiento de la voluntad de Dios que es nuestro pan de cada día. Invitar a los demás a tomar su cruz no es invitar a que se conformen con su situación de miseria, de enfermedad, de desesperanza y de pecado sino todo lo contrario. Transmitid alegría y paz a los tristes y afligidos, dadles la esperanza  que les falta, decidles que Dios les ama. "

Lo que consigue Jesús es romper las cadenas que esclavizan al hombre, romper el pecado en su raíz y eso lo hace desde la cruz, entregándose a los hombres hasta el extremo de una muerte de cruz, la más infamante en aquellos tiempos. Y Dios recompensa a su Hijo otorgándole lo que le pide en el altar de la cruz, que todos los hombres sean sus hermanos. Jesús con su muerte en la cruz obtiene para los hombres la filiación divina. Jesús al atarse con cuerdas y clavos a la cruz de pecado y hacerse pecado, ha cumplido en plenitud lo que Moises prefiguraba al modelar la serpiente de bronce que daba vida a quien la miraba, y ha transformado la cruz de pecado en Cruz Santa que santifica al pecador arrepentido que la mira con fe. "Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna".

La Cruz

“Y Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre el asta; y sucedía que cuando una serpiente mordía a alguno, y éste miraba a la serpiente de bronce, vivía”. Esa es la función de la Cruz. Signo de salvación. La miramos con fe y somos redimidos. La miramos y somos rescatados del poder de las tinieblas. La cruz es el pecado asumido por Jesús, llevando en sus hombros toda la carga del pecado de la humanidad, clavado al pecado y haciéndose él mismo pecado. Y misteriosamente modela la cruz de pecado en gloria de santidad, como Moisés modeló a la serpiente en bronce, cumpliendo la voluntad del Padre, transformando el poder del veneno en poder sanador, así Jesús, cumpliendo los designios del Padre, modela con su cuerpo, con su alma, con sus manos y pies ensangrentados la cruz de pecado, con un amor infinito, para que sea la Cruz de Cristo, el antídoto más eficaz contra el poder del mal.

La Cruz de Cristo es un signo cósmico que abarca la dimensión espaciotemporal del hombre en su horizontalidad y la dimensión divina del hombre en su verticalidad. La Cruz de Cristo tiene también un poder de exaltación y de atracción. “Cristo, exaltado en la Cruz, atrae a los hombres hacia Él”. Es en lo alto de la Cruz donde se manifiesta Cristo como Rey. Cristo resucita, asciende y nos deja su Cruz como escalera para resucitar y ascender. Nos invita a identificarnos con Él mediante la Cruz, que hacemos nuestra, en la escala y medida que Dios ha dispuesto, y así, aceptando con docilidad la Cruz, que da sentido y esperanza a nuestro sufrimiento, a nuestro dolor y a nuestra muerte, caminamos por la estrecha senda ascendente de la fe que nos conduce a la gloria de Dios.

La Cruz es el tabernáculo donde oficia Jesús como sumo sacerdote y donde se ofrece Él mismo como cordero pascual. Cuando se besa la Cruz se besa el altar de Cristo. Son dos misterios dignos de contemplar con asombro, humildad y gratitud, el misterio del Crucificado y el misterio de la Cruz. Las dos forman parte de la liturgia, del rito sacrificial. El signo de la Cruz es un signo de identidad  cristiana. El signo de la Cruz señala la impronta, la huella de Cristo. Cuando nos santiguamos, invocamos el auxilio de Dios, confiando en que el signo de la Cruz salvadora de Cristo nos libere de la trampa del cazador. Como las serpientes abrasadoras en los tiempos de Moisés, hay también en el mundo serpientes que inoculan su veneno mortal en el alma y te atan a sus cruces malditas. El mundo está sembrado de cruces plantadas por el espíritu del mal. Estamos llamados a cooperar con el plan de Dios para reconciliar el cielo y la tierra, para restaurar el orden del universo perturbado por el mal. El mal solo puede destruir nunca crear, el mal es ausencia de bien y Dios es creador no descreador.

El responsable de que haya cruces de miseria, de odio, de desigualdad, de discordia, de violencia no es Dios sino aquél que quiso ser como Dios descreando. Dios es la primera víctima de esas cruces que siguen asolando a la humanidad. Tenemos que ofrecer a nuestros hermanos el remedio salvífico de la verdadera Cruz. Cambiar de cruz de muerte por Cruz de vida, la cruz del pecado que esclaviza por la Cruz de Cristo que libera, tenemos que modelar en nuestro corazón la nueva serpiente de bronce, tenemos que ayudar a los demás a desprenderse a desclavarse de sus cárceles del alma, de su cruz venenosa de pecado, tenemos que asumir el modelo, el papel redentor de Cristo, haciéndonos sus instrumentos de liberación, a la manera de Cristo, identificándonos con Él, hasta el extremo de amor entregado cargando también con el pecado del mundo, simbolizado en la cruz, como el antídoto más eficaz. Aborreciendo el pecado y amando al pecador, enfangándose en el barro del pecado, como lo hizo Él. No seríamos sus discípulos si renunciáramos a tomar la Cruz y a seguirlo. No seguiríamos el modo de Jesús si nos dedicáramos a desclavar  a la gente de su cruz e incluso dedicáramos nuestra filantropía a ayudar a los demás a desclavarse de la suya. Eso no daría sentido a nuestra existencia, ni daría sentido al sufrimiento. No somos instrumentos redentores de Cristo sembrando el mundo de Cruces vacías y abandonadas. Nos toca a cada uno de nosotros ocupar la Cruz vacía del Cristo resucitado y ayudar a los demás, como nuevos cirineos, a aliviar la carga de la Cruz libre y pacientemente aceptada y pasar también por la muerte de cruz en la esperanza cierta de ser resucitados por el Padre.

La cruz se ha convertido en fuerza de Dios, sabiduría de Dios, victoria de Dios. ¿Acaso no oyó el propio Constantino, en su célebre visión de la cruz, cómo se le prometía: "Con esta señal vencerás: In hoc signo vinces"? El Espíritu de Dios, señor y dador de vida ha Dios ha transformado el aparente fracaso de una muerte infamante en victoria de Cristo,  vencedor sin dejar su debilidad, la debilidad que produce el amor, más aún, llevándola al extremo. No se ha dejado arrastrar al terreno del enemigo: "Cuando lo insultaban, no devolvía el insulto". A la voluntad del hombre de aniquilarlo, no respondió con la misma voluntad de destruirlo, sino con la voluntad de salvarlo: "Por mi vida, no quiero la muerte del pecador, sino que cambie de conducta y viva".

La cruz es el poderoso "no" de Dios al pecado. Y ha sido plantada, como árbol de vida, en medio de la plaza de la ciudad, como dice el Apocalipsis, en medio de la Iglesia y del mundo, y ya nadie podrá arrancarla de allí o sustituirla por otros criterios. La frase de Jesús "¡Dichoso el que no se escandalice de mí!", abarca también a su cruz “¡Dichoso el que no se escandalice de mí cruz!". Porque, si hay algo que más odie el demonio es la Cruz. El demonio sabe muy bien que la cruz es signo de su derrota y allí donde haya un alma enamorada de la Cruz de Cristo y abrazada a ella, el demonio está humillado por su derrota, cosa esta que es terrible para él dado su tremendo orgullo. Es por ello la existencia de esas constantes campañas contra el crucifijo, tratando de quitarlo de en medio. Estamos nosotros los católicos perdiendo el sentido de la cruz. Nuestro querido y venerable Papa Benedicto XVI en sus últimas exhortaciones, sus últimas advertencias paternales, nos ha llamado a la Iglesia y a todos sus miembros a "renovarnos" y "reorientarnos hacia Dios renegando del orgullo y del egoísmo", a no utilizar a Dios para nuestro propio interés, "dando más importancia al éxito y a los bienes materiales" y ello conlleva una lucha, un combate espiritual porque el espíritu del mal busca desviarnos de la ruta hacia Dios”,  del camino de la Cruz de Cristo.

Como dice el Papa con palabras proféticas, “no hay hombre o mujer que en su vida, como la mujer de Samaría, no se encuentre junto a un pozo con un cántaro vacío, con la esperanza de saciar el deseo más profundo del corazón, aquel que sólo puede dar significado pleno a la existencia”. Hoy son  muchos los pozos que se ofrecen a la sed del hombre, pero “conviene hacer discernimiento para evitar aguas contaminadas”. El Papa nos invita a reflexionar sobre la importancia del testimonio de fe y vida cristiana de cada uno de nosotros y de nuestras comunidades para “mostrar el rostro de la Iglesia y de cómo en ocasiones este rostro lo hemos  desfigurado”.

Piensa el Papa, en particular, “en las culpas contra la unidad de la Iglesia”, en las divisiones en el cuerpo eclesial. Vivir en el camino de la Cruz de Cristo, es vivir en Espíritu y en Verdad, y nos obligaría a todos, a “superar individualismos y rivalidades”, y ese camino de cruz, reencontrado y reemprendido, sería un signo humilde y precioso, el mejor testimonio evangelizador dirigido a los que están lejos de la fe o son indiferentes. “Nuestro testimonio, entonces, sería más eficaz cuanto menos buscáramos nuestra propia gloria y fuéramos conscientes de que la recompensa del justo es Dios mismo”.

Dadle a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César

Corresponde a la ciencia, a la política, a la medicina, a la acción humanitaria, la tarea siempre inacabada e insatisfactoria de acabar con la pobreza, la desigualdad y la enfermedad. Eso son caras de la moneda de un Cesar benéfico y solidario. Hay instituciones religiosas que orientan sus actividades a la filantropía, y eso está muy bien a condición de que no se desvirtúe su misión evangélica que da a la filantropía la impronta de la caridad cristiana. La liberación de las cargas del hombre sin un sentido trascendente es una liberación temporal, mientras que la verdadera liberación es la que libera al hombre de la esclavitud del pecado y es eterna. “¿Qué es más fácil, decir: `Tus pecados te quedan perdonados', o decir: `Levántate y anda”? Es el trecho que va de Vicente Ferrer a Teresa de Calcuta, porque el primero se despreocupa de la salvación de las almas, mientras que en Teresa es el referente de su acción humanitaria.  Se apartan del modelo evangélico los que se afanan en desclavar a los hombres de su cruz, sin pensar que Jesús eligió para si y sus discípulos otro camino. La voluntad del Padre era que su hijo cargase con la Cruz y se dejara arrastrar por las cuerdas de los sicarios. Jesús no exime ni de la cruz ni de las cuerdas que te atan a la cruz, pero a los que le siguen les promete una carga ligera y un yugo suave. Ya no son los sicarios sino la fuerza de su Espíritu la que nos mantiene en pie y nos guía hacia la Verdad completa. Ya solo cabe desde la fe y el amor dejarse conducir por Jesús, entregarle las riendas de tu vida  La misión encomendada a sus elegidos es de naturaleza distinta. Corresponde a los seguidores de Cristo  trabajar en su viña anunciando la Buena Noticia, dar testimonio de fe, de esperanza y de amor activo, ser luces en un mundo dominado por las tinieblas y sal que haga sabrosa y atractiva la invitación de Dios a su mesa nupcial en la Jerusalén celestial.  Luz y Sal, Sangre y Agua, Crucificado y Cruz, para recobrar la esperanza perdida y encontrar un sentido a nuestra existencia. Con la Cruz de Cristo como estandarte la victoria es segura: arrebatar al maligno lo que era de Dios, devolverle, darle a Dios lo que es de Dios. Y eso se consigue, con la Gracia de Dios, implicándose en el anhelo ajeno, compadecer su situación, asumir como el samaritano el riesgo de ayudar al prójimo por amor a Dios, caminando con él compartiendo su cruz. Como dice San Agustín “carga pues con quien andas, para llegar a Aquél con quien deseas quedarte para siempre”

 
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