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Nos escribe Lucio

 

EL AMOR PRIMERO

En el comienzo del curso, recibimos una nueva carta de nuestro amigo Lucio, que puede servir de lema fundamental para todo el curso, vivir en el amor primero.

 

Se usa con frecuencia la expresión “tiene la cabeza bien amueblada” para hablar de la persona, hombre o mujer, que tiene claridad de ideas, o de juicio, o de criterios. En esta carta de hoy, querría hablar con vosotros de “tener bien amueblado el corazón”, aunque ésta sea una expresión que no se usa. Pero me parece tan importante o más que la primera.

No parecen estar los tiempos para compromisos decisivos, “eternos”. Para esos compromisos en los que uno se juega la andadura de su vida, el adónde quiere ir, aunque se ignore por dónde transcurrirá o que nos deparará el camino. En el arranque de este caminar arriesgado está nuestro “amor primero”, aquel “tesoro escondido” que ha llenado de entusiasmo, alegría y sentido nuestra vida. Es el “ojo” a través del cual vamos a mirarlo todo. La mirada que va a dar tono y color a nuestro presente y futuro. Y esto sí que conviene tenerlo claro y decidido. Está en juego nuestra felicidad. En la mayoría de los casos ese “tesoro” es un hombre o una mujer que en un momento apareció en nuestra vida, y con el que decidimos, enamorados, compartir un proyecto de vida en común, para siempre, y fecundo si así Dios lo quería.

Jesús se nos ofrece también, a todos, como ese amor primero. Seguirle -dice él- lleva a “encontrar la vida”. Él es el tesoro escondido, pero que nos llena de alegría cuando lo encontramos. Entre sus pretensiones está la de poseer y ofrecer el secreto de la felicidad, de la bienaventuranza. Amarle a él con ese amor radical no niega ni contradice nada de la estructura del ser humano, y estimula lo mejor que hay en nosotros. Cristo no ha vaciado de valor el amor humano de las madres y de los padres, de los hermanos y de las hermanas, de los amigos. No empequeñece el amor a la familia, al esposo o esposa, a los hijos. Ni contradice el amor a uno mismo, es compatible con una sana autoestima. Es creativo, alegre, liberador, y sabe unir todos sus amores en la fuente del amor, porque su Dios, al que llama Padre, es amor.

Este amor de Jesús y a Jesús sí que entra en conflicto, pronto y de manera total, con otras ofertas que, abierta o encubiertamente, se presentan como salvadoras, como las que van a “hacer de Vd. un triunfador”, alguien envidiado, “el primero de su clase”. Son los dioses de nuestro tiempo: el dinero, el poder, el prestigio. Pero, ¡ojo! Estos ídolos necesitan víctimas, holocaustos, clientes. Y son tremendamente voraces. Chupan la sangre. Nunca están hartos, no se sacian con nada, nadie está seguro en su templo. El más servil a ellos puede ser su próxima víctima. Conocemos sus obras: todo lo ensucian, generan guerras, negocios indignos, tristeza, horror, sangre y muerte.

El discípulo de Jesús y el hombre y la mujer de bien optan por el amor. Ninguna de sus obras de amor queda sin paga y sin eficacia, incluso ya en este mundo. Desde el vaso de agua, hasta la ofrenda de la vida entera. En este camino, decidido y recorrido desde el amor primero, puede aparecer la cruz. Es lo que viene cuando se siguen los pasos de Aquel que nos ha enamorado el alma. Al final del camino está siempre, siempre, la vida.

                         Lucio Arauzo

 

 
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