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EXPLICACIÓN DEL MOSAICO por Javier Pérez Más

 

El mosaico busca expresar el Misterio de la Iglesia: ¿qué es la Iglesia? ¿cuándo y dónde nace? ¿cuál es la misión de la Iglesia?

 

Introducción artística

1. Presentación del Autor. Marko Rupnik y el Centro Aletti.

 El Padre Marko Ivan Rupnik, sacerdote jesuíta, nació en 1954 en Zadlog (Eslovenia). Estudió en la Academia de Bellas Artes de Roma, y se doctoró en Teología en la Universidad Gregoriana de Roma. Desde 1995 es Director de Arte del Centro Aletti, en Roma, adscrito al Pontificio Instituto Oriental de Roma, e inaugurado por el propio San Juan Pablo II en 1993, y que tiene como objetivo reunir a estudiosos y artistas del centro y este de Europa, para encontrar una síntesis espiritual y cristiana de la cultura europea, que integre la tradición espiritual de Europa con las dinámicas culturales de la modernidad y la posmodernidad.

Desde el inicio de su vida religiosa, el padre Rupnik comenzó a unir el estudio de la teología con la expresión artística, primero como pintor, en una evolución progresiva desde las vanguardias abstractas como Kandinsky o Matisse hacia el mundo de los iconos[1], hasta que pasó a dirigir en 1995 el Centro cultural Aletti, donde encontró la posibilidad de ofrecer un taller de arte espiritual para revitalizar el arte sacro en Europa y donde generaliza la utilización del mosaico como forma propia de decoración para los espacios religiosos.

La relación del arte con la liturgia empieza, pues, desde el inicio, a formar una unidad en la obra del Taller del Padre Rupnik. El arte sacro, alimentado primeramente por la contemplación y el estudio de la Escritura y la teología, contribuye a dar vida a la liturgia, la acción propia de la Iglesia que nos introduce en el Misterio vivo de Dios,  y que convierte a la expresión artística en un canal excelente de comunicación espiritual con el espectador. El arte de Marko Ivan Rupnik es un arte al servicio de la comunidad cristiana, recuperando de alguna manera el valor didáctico que el arte cristiano había tenido desde su concepción.

La fuerza vital de estos mosaicos tienen un profundo origen: se trata de testimoniar cómo la materia puede convertirse en luz; cómo, de un oscuro trozo de carbón puede surgir un diamante, carbón cristalizado; cómo una piedra tirada en un rincón de la naturaleza puede formar parte de una figura, si alguien la toma con amor y la dispone en una forma armoniosa, para convertirla en una piedra preciosa que forma la imagen de un Rostro.

Esa luz da también la vida a los colores, igual que posibilita la vida en general de la naturaleza. El arte tiene que dar testimonio de esa luz y de esa vida, y debe poder expresar una vida sin ocaso, la vida del amor de Dios y de la caridad a través de la luz y del color. Rupnik es un artista del color, donde la fe se hace arte, y el arte se convierte en vehículo transmisor de la fe. Es una fiesta de los colores que ayuda a conectar con el Misterio de fe. El color es la luz de la materia del mundo que el artista busca. El color de Rupnik es puro, intenso y a menudo sus cuadros se construyen sobre la regla de los contrastes entre los colores. Su arte consiste  en encontrar la armonía, la fascinación del conjunto.

 

 

 

Junto a la fuerza expresiva del color y de la luz, destaca siempre en la obra de Marko Ivan Rupnik la potencia de la mezcla total de los diferentes materiales y sus texturas (cristales, esmaltes, oro, mármol, granitos y piedras crudas), en la armonía de una disposición espacial viva y expresiva. A este respecto, dirá el propio Rupnik que “En el mosaico, los espacios entre las figuras se deben cuidar con igual atención y fuerza creativa que las mismas figuras. Las figuras son como las palabras, como los discursos. La tarea de los espacios entre sí es entonces crear ese estado necesario en el corazón para que seamos capaces de acoger las palabras. La mirada se desliza sobre los colores, sobre los movimientos, sobre las piedras, y en el alma nace entonces un eco de la belleza”.[2]

El propio Padre Rupnik declara que su arte está inspirado en el arte paleocristiano, por la simplicidad de sus figuras, y en el arte bizantino y románico. Sus figuras no son, sin embargo, simples copias del pasado ni imitación de estilos anteriores, sino que resultan imágenes vivas que crean una historia y un espacio de contemplación e intimidad, donde el espectador se sienta llamado a la alabanza a través de la belleza de la obra de arte.

Los proyectos del padre Rupnik destacan finalmente por su participación coral, casi monástica, donde un equipo de teólogos y de artistas colaboran en comunión para ofrecer la expresión artística de una rica tradición teológica y espiritual. Los contenidos, por eso, y el significado objetivo de los símbolos y de las narraciones de las escenas, son también muy importantes en el trabajo que hoy podemos contemplar.

El arte del Padre Rupnik empieza a ser valorado cuando se le encarga la decoración de la Capilla “Redemptoris Mater”, en los palacios vaticanos, con motivo del 25 aniversario de la ordenación episcopal del entonces Papa Juan Pablo II. Gusta tanto el mosaico con el que decora la Capilla, que el propio Papa le lanza el reto de crear una escuela taller desde la que formar a jóvenes artistas cristianos, para que desde el arte del mosaico contribuyan a la evangelización. Algo que se hace realidad en 1993, cuando se crea el Centro Aletti, y que fue inaugurado por el propio Papa Juan Pablo II.

Este Centro está especializado en la teología oriental y tiene como misión fomentar el intercambio cultural y espiritual del arte oriental y occidental. En él conviven artistas católicos latinos y de rito oriental, así como también ortodoxos. Y es que Rupnik también tiene un gran interés ecuménico; busca unir “los dos pulmones de la Iglesia”: la Iglesia oriental (mayoritariamente ortodoxa, y cuyo arte de referencia es el bizantino) y la Iglesia occidental (cuyo arte de referencia es el románico).

2.   Presentación del mosaico desde el punto de vista artístico

Este mosaico pasa a la historia de la decoración litúrgica como la primera parroquia española que decora el artista esloveno Marco Iván Rupnik. Puede describirse como una pieza de arte figurativo que reinterpreta la iconografía cristiana desde los parámetros del arte actual. “Nuestra fuente de inspiración -dice Estela, una de las artistas que ha colaborado en el mosaico- es siempre el icono, pero intentando reescribirlo desde el lenguaje del arte contemporáneo”.[3]

El mosaico de Santa María Madre de la Iglesia fue elaborado en diciembre de 2011 (del día 10 al sábado 17) por un grupo de 14 jóvenes artistas del Centro Aletti dirigidos por el Padre Rupnik, pertenecientes a diversos países. Fueron 8 jornadas de 11 horas de trabajo. Y las piezas de rostros, manos, cuerpos (las más figurativas), las trajeron ya elaboradas desde Roma, en piezas sueltas que luego colocaron rápidamente como un puzzle.

Cada día empezaban con una Misa, en la que Rupnik dedicaba la homilía a meditar las escenas que luego iban a representar en el mosaico. De esta manera, los artistas tenían ya una serie de claves a la hora de plasmar su trabajo en la pared de la Iglesia. Por eso, se puede decir que el mosaico es fruto de la oración, donde se conjugan perfectamente la teología y exégesis bíblica con el arte y belleza. Delante de su obra se hace fácil conectar con el misterio. A ello ayuda la belleza de su obra, pero también el mensaje implícito en ella: la belleza artística y mensaje de la fe van de la mano, y se ayudan mutuamente para atraer, al que entra en la Iglesia, al encuentro con Cristo.

Terminado el mosaico, se celebró una Misa de acción de gracias, en la que Rupnik hizo la homilía[4], y donde presentó las claves espirituales de su mosaico. La iglesia estaba llena de fieles, asombrados de la belleza del retablo. Rupnik dejó claro que no buscaba que fuese una pieza de museo, sino un medio de evangelización, a través del cual se pudiera penetrar en los grandes misterios de la Salvación: «Una obra de arte puede suscitar maravilla y admiración, pero el arte que entra en el espacio litúrgico ha de suscitar veneración. La veneración que el fiel de a pie expresa con la señal de la cruz, con la genuflexión, con la oración: porque existe la esperanza de Dios». Que consiguió este objetivo lo corrobora lo que dijo un feligrés al entrar en la Iglesia: “nada más entrar y ver el mosaico, me han entrado ganas de ponerme a rezar”.

         

   Se trata de una gran catequesis materializada a través de la técnica del mosaico. Las imágenes, en sus colores y volúmenes, permiten contemplar la presencia activa de la Virgen María en la Historia de la Salvación: desde el Pecado Original, hasta el Banquete del Cielo; pasando por el acontecimiento central del Misterio Pascual del Señor, su Cruz y su Resurrección.

Este retablo consigue unir la tradición y la modernidad, inspirándose en el arte románico y bizantino, que se dejan a su vez interpelar por el arte contemporáneo. Está realizado con piedra, mármol, granito, esmalte, nácar y guijarro, entre otros elementos.

El guiño al arte románico se puede ver en los rostros de las figuras, en el Cristo que no sufre y tiene cuatro clavos, en la mandorla superior (aunque es más redondeada, no tiene la forma de almendra como en el románico), en la desproporción de las figuras (son más grandes aquellas figuras que tienen una mayor importancia en el mensaje que se quiere dar).

Pero también hay un importante guiño al arte oriental bizantino: el estilo de ejecución del mosaico es el del icono (el mosaico es más rezado que pensado), el intenso dorado que expresa la santidad de Dios. El mosaico, en definitiva, nos recuerda, a primera vista, los mosaicos bizantinos.

Son 98 metros cuadrados de mosaico, distribuidos en 5 paneles. El mensaje teológico se apoya en fuentes literarias de la patrística oriental y occidental, especialmente San Atanasio de Alejandría, San Efrén el Sirio y San Cirilo de Jerusalén.

 Explicación catequética del mosaico

 

El mosaico nos invita a que vayamos al sentido profundo que se esconde detrás de la belleza artística que se nos presenta a primera vista, de la misma manera que al leer la Sagrada Escritura no podemos quedarnos sólo en la mera narración, sino que hemos de profundizar en lo que quiere decirnos Dios a través del texto (sentido alegórico de la Escritura). No “conoceremos” verdaderamente la historia de la salvación si no la “miramos y contemplamos”, si nos conformamos en quedarnos como meros espectadores. ¡Hagamos una lectura mistagógica! Como quien se introduce en el pasaje para moldear su vida, para asimilar lo que lee, para hacerlo suyo. Aquí radica el gran éxito del mosaico: no se limita a reproducir artísticamente el Misterio de nuestra salvación, sino que posibilita que lo “miremos y contemplemos”, que lo comprendamos, que lo hagamos nuestro.

Centrándonos ya en las escenas del mosaico de Santa María, Madre de la Iglesia, nos situamos ante un Misterio Cristológico, Mariológico y Eclesiológico: María, al engendrar a Cristo, es Madre de Dios (Concilio de Éfeso, año 431) y Madre de la Iglesia, porque Cristo es la fuente de la Nueva Humanidad que da origen a la Iglesia. Este es el Misterio de fe que buscan transmitir las diferentes escenas representadas en los mosaicos realizados por Rupnik en nuestro Templo.

 

RETABLO CENTRAL

Cristo Sacerdote, fuente de la Nueva Humanidad

 La                    Imagen central del Cristo revestido de sacerdote está expresando el origen de la Iglesia.

 

1.        La mirada de Cristo.

 

Es impactante: la mirada de Cristo transforma. Es un Cristo cuya mirada y su pose en la Cruz expresa a un Cristo que te llama, que te acoge y te invita a la conversión. Brazos crucificados, pero abiertos, acogiendo al que entra. ¡Déjate “mirar” por Dios!

Mirarán al que traspasaron”. Son palabras proféticas del profeta Zacarías[5] que recoge el evangelista Juan al describir la muerte de Cristo en la cruz[6], con el objeto de presentar su muerte dentro de la economía salvífica. El verbo “mirarán” es usado en el sentido joánico de “ver”, es decir, expresa lo que nosotros diríamos con el verbo “comprender”, buscando mostrar así que esa “mirada” de la muerte de Cristo llevó a muchos a la fe. Nos invita a detener nuestra atención en Cristo crucificado, ese Cristo que “fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación[7], revelándosenos así, plenamente, el amor que Dios nos tiene.

 2.        Revestido de sacerdote.

 

El sacerdocio del AT tenía la misión de hacer de puente, de mediador, entre Dios y el pueblo de Israel. Dios habla al pueblo a través del sacerdote mediador; y el pueblo eleva su plegaria a Dios a través de la oración del sacerdote, que ofrece sacrificios a Dios en nombre del pueblo y a favor del pueblo (normalmente animales, especialmente corderos).

            En el NT, Cristo inaugura un nuevo Sacerdocio, el Sacerdocio de la Nueva Alianza: ahora Cristo es el único Mediador, el Sumo y Eterno Sacerdote, que ofrece sacrificios a Dios en nombre del pueblo y a favor de él; pero ya no ofrece animales: él es el nuevo Cordero Pascual, se ofrece a sí mismo en la cruz; él es sacerdote y víctima; y de esta ofrenda nace un nuevo pueblo, una Nueva Humanidad, el pueblo de la Nueva Alianza, que es la Iglesia.

            Todo está cumplido. Y entregó el espíritu” (Jn 19,30). El último suspiro de Cristo se convierte en el primer suspiro de la Iglesia: es la coronación de toda la obra de la redención, es el fruto más precioso de la redención: la Humanidad Nueva. Los latinos ven como fruto principal de la redención el perdón de los pecados, los orientales subrayan que el fruto principal es darnos una vida nueva, una humanidad nueva, la divinización, la vida del Espíritu: ésta es la Iglesia, el Nuevo Pueblo de Israel.

Los colores del vestido de Cristo. Rupnik juega con los vestidos y los colores. El vestido en el AT define a la persona que lo lleva, da a conocer a la persona. Cristo lleva túnica roja y casulla azul. Rojo y azul son los dos colores que en el primer milenio del arte cristiano se utilizan para representar la divinidad (rojo) y la humanidad (azul) respectivamente. Así, el vestido del Cristo expresa que es Dios (túnica roja) que se reviste de hombre (casulla azul) para redimir a la humanidad.

La estola dorada expresa la divinidad del sacerdocio de Cristo, su poder divino. En el arte bizantino el color dorado expresa la gloria de Dios, la santidad divina. Cristo es mediador porque es verdaderamente hombre, pero a la vez, verdaderamente Dios. Y esta estola divina es rasgada por la cicatriz de la lanzada:

 

+está a la derecha, no en el lado del corazón: porque la lanza se clavaba en diagonal, desde abajo (Cristo está en alto), de derecha a izquierda, hasta llegar al corazón.

 

+“Los judíos, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el día de sábado, rogaron a Pilato que les rompiesen las piernas y los quitasen (…) pero al llegar a Jesús, viéndolo ya muerto, no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado, y al instante salió sangre y agua”.[8] La sangre y el agua fueron interpretados como símbolos de la Eucaristía y el Bautismo, sacramentos que engendran la Iglesia: “la Iglesia nace del costado de Cristo” (Padres de la Iglesia).

Por el Bautismo nos incorporamos a la Iglesia y nos hacemos hombres nuevos: el agua que da vida salió del Cuerpo de Cristo; y ahora sale de su Cuerpo Místico, que es la Iglesia. De la Iglesia, a través de los Sacramentos, mana la corriente de agua viva.

Y la Eucaristía alimenta la Iglesia, la Iglesia vive de la Eucaristía.[9]

 


   La Mano y las Llamas de fuego.

 

Pero el origen de la Iglesia no es sólo cristológico, no es sólo obra de Cristo; es Trinitario. Todo el obrar ad extra de Dios es trinitario: creación, santificación, inhabitación,…, también el origen de la Iglesia.[10] El origen trinitario de la Iglesia queda expresado en la mano de la mandorla, que representa al Dios Padre (en el arte paleocristiano suele usarse la mano derecha para representar al Dios Padre), que tiene la manga roja porque es verdadero Dios. Y envía llamas de fuego que es el Espíritu Santo (blancas porque es el Espíritu Santo[11]; y rojas porque también es verdadero Dios). En Pentecostés, el Espíritu Santo se aparece en forma de llamas de fuego. Y esas llamas, en la parte inferior, se convierten en una paloma blanca, que es como se aparece el Espíritu Santo en el bautismo de Jesús. Se conjugan así las dos formas en las que se aparece el Espíritu Santo en los Evangelios.

4.    Diagonal y Cruz negra.

 

La misión redentora de Cristo está muy bien expresada simbólicamente en la diagonal que atraviesa el mosaico central de arriba abajo, de izquierda a derecha. El camino del pecado (el negro es el color del pecado), es absorbido por Cristo en la cruz (cruz negra, porque Cristo asume en ella el pecado de toda la humanidad), para redimirlo, transformarlo; y dar origen a un nuevo camino que nace de Cristo, que es el camino blanco (blanco es el color del Espíritu Santo), que es la Iglesia, la nueva humanidad que nace de Cristo, de su entrega en la cruz; y que tiene al Espíritu Santo en ella, y por el que se llega a ser hijo de Dios (por eso la línea roja de la divinidad aparece en el camino blanco). Es una “verdadera 2ª creación” (S. Justino y S. Ireneo de Lyon): no es volver al estado original antes del pecado, es mucho más: somos divinizados, llegamos a ser hijos de Dios. Feliz cruz de Cristo que crucifica a mi hombre viejo y me posibilita que nazca en mí el hombre nuevo. Desde la perspectiva bautismal, la cruz cambia de signo: ¡ahora es motivo de gloria! “Donde abundó el pecado, sobreabundo la gracia”.[12] La vida nueva no es volver al estado original, no es solo reconstruir la imagen-semejanza perdida en el pecado original, es un cambio existencial: es ser hijos de Dios, hijos en el Hijo.

Ese camino negro de pecado está flanqueado por la santidad de Dios (color dorado expresa la santidad y gloria de Dios, propio del arte bizantino), que incluso se mete dentro del pecado del hombre. Con esto, se busca expresar que Dios no abandona nunca al hombre, ni siquiera en su pecado; Dios se introduce en el camino del pecado del hombre para ir en su busca.

5.        La Virgen María.

 

Y María, ¿qué papel juega en la misión redentora de Cristo que culmina en el origen de la Iglesia? Es corredentora, está junto a la cruz, colabora con Cristo en la obra de redención; y, a la vez, es la primera que se beneficia de la redención de Cristo: