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RETIRO ESPIRITUAL DESDE EL RETABLO

 

MARÍA MADRE DE LA IGLESIA, MADRE DE LA NUEVA HUMANIDAD

 +          El autor del mosaico es Marko Rupnik -sacerdote jesuita esloveno-, que ha contado con la colaboración de un grupo de 14 jóvenes artistas de varios países, que forman parte del Centro Aletti, escuela de arte del mosaico fundada por Rupnik en Roma.

            Rupnik era profesor de teología oriental en Roma, y siempre había sentido la llamada ecuménica a trabajar por la unidad entre cristianos occidentales y orientales. Razón por la que abandona las clases y se dedica a la tarea de construir un puente, a través del arte del mosaico, entre la Iglesia oriental y occidental (los dos pulmones de la Iglesia, como decía Juan Pablo II). De hecho, en su grupo de artistas del Centro Aletti hay católicos y ortodoxos.

*Cada día empezaban con una Misa, en la que Rupnik dedicaba la homilía a meditar las escenas que luego iban a representar en el mosaico. De tal manera, que los jóvenes artistas tenían ya una serie de claves a la hora de plasmar su trabajo en la pared de la Iglesia. Por eso, se puede decir claramente que el mosaico es fruto de la oración, donde se conjugan perfectamente la teología y exégesis bíblica, con el arte y belleza.

*Se entiende así que Rupnik, en la homilía de la Misa en la que se presentó el mosaico dijera que no buscaba que fuese una pieza de museo, sino un medio de evangelización, a través del cual se pudiera penetrar en los grandes misterios de la Salvación. Que ha conseguido el objetivo lo corrobora lo que dijo una persona de la parroquia al entrar en la Iglesia: “nada más entrar y ver el mosaico, me han entrado ganas de ponerme a rezar”.


 

 

+          El mosaico nos invita a que vayamos al sentido profundo que se esconde detrás de la belleza artística que se nos presenta a primera vista, de la misma manera que al leer la Sagrada Escritura no podemos quedarnos sólo en la mera narración, sino que hemos de profundizar en lo que quiere decirnos Dios a través del texto (sentido alegórico de la Escritura). No “conoceremos” verdaderamente la historia de la salvación si no la “miramos y contemplamos”, si nos conformamos en quedarnos como meros espectadores. ¡Hagamos una lectura mistagógica! Como quien se introduce en el pasaje para moldear su vida, para asimilar lo que lee, para hacerlo suyo.[1] Aquí radica el gran éxito del mosaico: no se limita a reproducir artísticamente el Misterio de nuestra salvación, sino que posibilita que lo “miremos y contemplemos”, que lo comprendamos, que lo hagamos nuestro.

 

+          Centrándonos ya en la escena del mosaico de Santa María, Madre de la Iglesia, nos situamos ante un Misterio Cristológico y Mariológico: María, al engendrar a Cristo, es Madre de Dios (Concilio de Éfeso, año 431), pero también Madre de la Iglesia, porque Cristo es la fuente de la Nueva Humanidad que da origen a la Iglesia. Este es el Misterio de fe que buscan transmitir las diferentes escenas representadas en los mosaicos realizados por Rupnik en nuestro Templo.

 

 

 

 

“Así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también, por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos”.[2]

Sabemos que [el Hijo] se hizo hombre en María Virgen, para que la trasgresión nacida con la serpiente fuese cancelada por el mismo medio por el que se había originado. Eva, en efecto, siendo todavía virgen e inmaculada, después de haber concebido la palabra que le venía de la serpiente, dio a luz desobediencia y muerte. La Virgen María concibió, en cambio, fe y alegría cuando el ángel Gabriel le anunció que el Espíritu Santo vendría sobre ella, y el santo que nacería de ella iba a ser el Hijo de Dios.[3]

 

El nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María, porque lo que la virgen Eva había fuertemente ligado con su incredulidad, la Virgen María lo libertó con su fe (...) María, por su obediencia, se convirtió en causa de salvación.”[4]

 

 

1. La Antigua humanidad: “Así como por la desobediencia de un solo hombre entró el pecado en el mundo, y todos fueron constituidos pecadores…”.[5]

 

PANEL SUPERIOR IZQUIERDO

 

Hablar de una Nueva humanidad supone que hay una humanidad anterior que hay que reengendrar, ¿Por qué? Porque ha quedado esclava del pecado: es el “hombre viejo” del que habla San Pablo.[6]

            En efecto, en la Creación (franja izquierda blanca y dorada[7]) Dios crea al hombre a su imagen y semejanza, introduciéndolo en el jardín del Paraíso para que disfrute de la belleza de la creación, la pone en sus manos. Pero el hombre no se conforma con ello y, dejándose llevar de la soberbia, comete el pecado original.

 

+ Escena de los brazos desnudos y la manzana. Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr la sabiduría, cogió de su fruto y comió. Entonces se dieron cuenta de que estaban desnudos”.[8] Profundizando en el relato del Génesis sobre el pecado original, el mosaico busca expresar en qué consiste el pecado del hombre:

            1) Desvestirse de Dios (brazos desnudos, sin el dorado de la gloria de Dios): no necesito a Dios para ser feliz, y quito a Dios de mi vida, que se convierte en un estorbo para realizarme.

            2) Autoerigirse en Señor y Dios: yo soy el dueño de todo, y para conseguirlo debo apoderarme del poder de Dios (se adueñan de la manzana, que es roja[9] porque representa la sabiduría divina).

 

San Pablo explica el pecado con el término griego asebeia[10], es decir, la impiedad. En otras palabras, es el rechazo de reconocer a Dios como Dios. Consiste en ignorar a Dios, donde “ignorar” no significa tanto no saber que existe, cuanto vivir como si no existiese. Y la cátedra del pecado es el mismo corazón del hombre.

            Reduciéndolo a su núcleo fundamental, el pecado es el intento, por parte de la criatura, de borrar por propia iniciativa, desde la prepotencia, la vinculación que tiene con Dios. Por eso, daña de raíz la verdad del mundo y la verdad del hombre. Se olvida que somos criaturas. Se rechaza a Dios como Creador y no se reconoce el hombre como criatura, sino como creador (me apropio de la manzana). Vivimos una nueva idolatría, donde no adoramos a un becerro de oro, o a los dioses de Baal; el descaro y la desfachatez aún es mayor: nos adoramos a nosotros mismos, se adora a la criatura y se le pone en el lugar reservado al Creador. Con la idolatría las partes vienen invertidas: el hombre se convierte en el alfarero y Dios es el vaso que el hombre modela a su antojo.

            Esta autoglorificación del hombre, esta autoafirmación del hombre, es lo que está detrás del laicismo, que busca borrar toda huella de la divinidad de la vida del hombre y del mundo. El misterio de la impiedad, de la asebeia, se actualiza y toma diversas formas a lo largo de la historia. En nuestra época el rechazo de Dios como Dios ha tomado una forma consciente y abierta que, quizás, en ningún momento de la historia ha sido tan descarado como ahora. El “misterio de la iniquidad está en acto”.[11] El pecado es una realidad presente, no una simple evocación histórica, o una especulación metafísica y teórica.

 

+ Escena del desierto. Hemos dicho que el pecado daña de raíz la verdad del hombre. La palabra griega con la que se expresa el concepto de pecado en la Biblia es hamartia, que contiene la idea de extravío y de fracaso. El pecado es fracaso radical como hombre, es fracaso existencial. Un hombre puede fracasar en tantos modos: como padre, como hombre de negocios, como deportista..., pero son fracasos relativos: uno puede fracasar en estas cosas y ser un hombre respetable, incluso un santo. Pero con el pecado no es así, con el pecado se fracasa como criatura. Se fracasa no en lo que se hace, sino en lo que uno es. El hombre, pecando, cree ofender a Dios, pero en realidad a quien ofende y daña es sólo a sí mismo. Y claro que ofende también a Dios, pero en cuanto destruye al hombre que Dios ama; sólo así hiere a Dios en su amor.

El salario del pecado es la muerte”.[12] Orígenes, al comentar este versículo paulino, dice: “en este pasaje el salario que da el pecado se llama muerte, no la muerte que separa el alma del cuerpo, sino aquella que por el pecado separa el alma respecto de Dios”.[13] Es decir, no se refiere tanto a la muerte física, que duraría un instante, sino más bien a la muerte como estado. Es una situación de muerte crónica, donde la criatura vive en la nada, sin sentido, porque aparta a Dios de su vida, perdiéndose toda referencia: es lo que busca expresar el desierto que hay bajo los brazos en el mosaico. Quitar a Dios de mi vida es un suicidio, porque me destruyo a mí mismo, porque el hombre sin Dios degenera en el nihilismo. El salario del pecado es la muerte, y el nihilismo de una parte del pensamiento actual, de la cultura dominante, es una buena demostración de esto.

Al perder la referencia divina en mi vida, soy yo quien me pongo en su lugar, como columna donde apoyar mi existencia: “desde sus orígenes, la humanidad, seducida por las mentiras del Maligno, se ha cerrado al amor de Dios, con el espejismo de una autosuficiencia imposible. Replegándose en sí mismo, Adán se alejó de la fuente de la vida que es Dios mismo”.[14] Esto es el pecado: ocupar el puesto de Dios. Es la idolatría del mundo moderno: la autolatría, el culto de uno mismo, el amor propio, el ponerse uno en el centro y en el primer puesto del universo, sometiendo a este centro el resto existencial, incluido Dios: me desvisto de Dios, creo no necesitar a Dios para ser feliz; autoerigirse en Señor y Dios: yo soy el dueño de todo. “El hombre construye su Babilonia, es la ciudad construida sobre el amor a uno mismo que llega hasta el desprecio de Dios. Babilonia es, por tanto, la mentira, el vivir para uno mismo, para la propia gloria”.[15]

Por eso, en Getsemaní estaba también mi pecado que pesaba en el corazón de Jesús. En el Pretorio estaba el abuso y mal uso de mi libertad. En la cruz estaban también mi indiferencia, mi comodidad, mi dejadez, mi tibieza, que cargaban sobre sus espaldas. “Aquellos que pecan crucifican de nuevo al Hijo de Dios”.[16] ¡Hoy se sigue crucificando a Dios! “La Pasión de Cristo se prolonga hasta el final de los tiempos; Cristo estará en agonía hasta el fin del mundo”.[17]

Tras las tentaciones del desierto, “Satanás dejó a Jesús hasta otra ocasión”.[18] Esta ocasión fue la Pasión. En el desierto Satanás le tentó con los reinos de la tierra y con el usar el poder divino para su propio interés. En la Pasión le muestra las futuras generaciones y le dice al oído: ¡mira por quien sufres! ¡Mira que harán de tu sufrimiento! ¡es inútil! Es la gran tentación que sufre Cristo. Y es hora de preguntarme. ¿yo estoy entre esos de los que se puede servir Satanás para tentar al Señor con que es inútil la Pasión de Cristo?

Desde sus orígenes, la humanidad, seducida por las mentiras del Maligno, se ha cerrado al amor de Dios, con el espejismo de una autosuficiencia imposible. Replegándose en sí mismo, Adán se alejó de la fuente de la vida que es Dios mismo, Dios, sin embargo, no se dio por vencido; más aún, el no del hombre fue como el impulso decisivo que lo indujo a manifestar su amor con toda su fuerza redentora”.[19]

 

2. Cristo Sacerdote, fuente de la Nueva Humanidad: “…por la obediencia de uno solo, todos fueron constituidos justos. Donde abundó el pecado, sobreabundó la Gracia.[20]

 

PANEL CENTRAL

 

+Escena de la  Muerte de Cristo en la Cruz.

 

1)     La mirada del Cristo. Es impactante: la mirada de Cristo transforma. Es un Cristo cuya mirada y su pose en la Cruz expresa a un Cristo que te llama, que te acoge y te invita a la conversión; a entrar en su vida, a encontrarte con Él. ¡Déjate “mirar” por Dios! No apartes tu vista de la mirada divina, como hizo el joven rico, que bajo la cabeza y se marchó. “Al mirar la Pasión, si no lloras, ¿de qué vas a llorar?”.[21]

Mirarán al que traspasaron”. Son palabras proféticas del profeta Zacarías[22] que recoge el evangelista Juan al describir la muerte de Cristo en la cruz[23], con el objeto de presentar su muerte dentro de la economía salvífica. El verbo “mirarán” es usado en el sentido joánico de “ver”, es decir, expresa lo que nosotros diríamos con el verbo “comprender”, buscando mostrar así que esa “mirada” de la muerte de Cristo llevó a muchos a la fe.

            En término semejantes se pronunciaba el Papa Benedicto XVI: “aprendamos a permanecer con María y Juan junto a Aquel que en la cruz consuma el sacrificio de su vida por toda la humanidad. Con una atención más viva, dirijamos nuestra mirada a Cristo crucificado que, muriendo en el Calvario, nos reveló plenamente el amor de Dios”.[24]

Nos invita a detener nuestra atención en Cristo crucificado, ese Cristo que “fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación[25], revelándosenos así, plenamente, el amor que Dios nos tiene.  

La meditación de la  Muerte de Cristo en la Cruz no puede reducirse a una mera reconstrucción objetiva e histórica del hecho. El Kerigma de la Cruz, desde el inicio, consta del hecho (sufrió, murió,...) y del motivo del hecho (por nosotros, por nuestros pecados). Dice San Pablo: “En efecto, cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos (...) mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros”.[26] El único motivo de la muerte de Cristo en la cruz han sido nuestros pecados, no sólo los de los hombres de aquellos tiempos, también los tuyos y los míos: “murió por nuestros pecados”.[27] Mirarán al que traspasaron”: ¿he mirado alguna vez a Aquél a quien yo he atravesado? Renovación interior...es un viaje a la conversión: “entonces el Señor, se volvió, y miró a Pedro (...) que salió afuera y lloró amargamente”.[28]

No es tanto buscarlo, sino, más bien, un Cristo que me busca y me invita a dejarme encontrar, me habla y me invita a escucharle.

2) El costado de Cristo, fuente de la nueva humanidad. “Los judíos, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el día de sábado, rogaron a Pilato que les rompiesen las piernas y los quitasen (…) pero al llegar a Jesús, viéndolo ya muerto, no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado, y al instante salió sangre y agua”.[29] Los Padres de la Iglesia consideraron el agua y la sangre que salieron del costado de Cristo como símbolos de los sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía.

            *Bautismo: sacramento por el que se nos engendra a la vida nueva, a la Nueva humanidad. Es, por tanto, el sacramento por el que nos incorporamos a la Iglesia.

            *Eucaristía: es el alimento que nos hace pervivir en esa vida nueva. La Ley era el alimento del “hombre viejo”, la Eucaristía es el alimento del “hombre nuevo”. El Papa Benedicto XVI, en la exhortación postsinodal Ecclesia de Eucharistia, nos recuerda que la Eucaristía da lugar a la comunidad de hombres nuevos, a la Iglesia.

            Ambos sacramentos, que dan origen a la Iglesia, nacieron del costado de Cristo, por eso, la primera comunidad cristiana decía que “la Iglesia nació del costado de Cristo”.

            En la época en que el templo de Jerusalén estaba destruido y el pueblo desterrado en Babilonia, Ezequiel tuvo una visión: “vió el templo reconstruido, y bajo el umbral, manaba agua hacia oriente (primero arroyito, luego se iba aumentando el caudal, hasta convertirse en un gran río que no se podía cruzar, y que desemboca en las aguas podridas del mar, saneándolo. Y todos los seres que beban donde desemboca la corriente tendrán vida, habrá vida adondequiera que llegue la corriente”.[30]

            Esta profecía se cumple en Cristo.[31] Jesús es el templo que los hombres destruyeron, pero que Dios ha levantado en tres días.[32] De su costado brotó agua –como un arroyito-, pero ha ido creciendo más y más, hasta convertirse en un gran río que es el agua de todas las pilas bautismales. En la pila bautismal de San Juan de Letrán, San León magno hizo grabar: “esta es la fuente que lavó al mundo entero, trayendo su origen de la herida de Cristo”. ¡Ciertamente del costado de Cristo manaron ríos de agua viva!

            ¿Y qué simboliza el agua? “El que tenga sed, que venga a mí, el que crea en mí que beba”; y el evangelista comenta: “decía esto refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en Él”.[33] El Espíritu Santo es la realidad invisible que se escondía en las realidades visibles del agua y la sangre, y en ellas actuaba.

            Todo está cumplido. Y entregó su espíritu”.[34] Murió y entregó su espíritu, que es el Espíritu Santo. El último suspiro de Jesús se convierte en el primer suspiro de la Iglesia. Es la coronación de toda la obra de la Redención, su fruto más precioso, porque la Redención no es solamente perdonar nuestros pecados, sino también darnos una nueva vida: la vida del Espíritu.[35]

            Si el Agua es el Espíritu Santo, se entiende la fórmula del Credo: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida”. Adondequiera que llegue ese río, habrá vida. “¡Atención sedientos! Acudid por agua, también los que no tenéis dinero: venid, comprad trigo, comed sin pagar, vino y leche de balde”.[36] Sólo nos pide que vayamos, aunque no tengamos “dinero”, méritos, aunque seamos pecadores. Que tengamos sed de Él (=fe), como la Samaritana.

            Y su Cuerpo de donde sale esa agua, es sustituido por el Cuerpo Místico (=Iglesia). La Iglesia, a través de los sacramentos, mana esa corriente de Agua viva. “El don de Dios le ha sido confiado a la Iglesia…porque donde está la Iglesia, allí está también el Espíritu de Dios, y donde está el Espíritu de Dios también está allí la Iglesia. No participan de Él los que no se alimentan en los pechos de la Madre Iglesia para la vida y no beben en la fuente purísima que brota del Cuerpo de Cristo, sino que se excavan cisternas agrietadas (=herejes), y haciéndose fosas en la tierra, beben el agua putrefacta de los pantanos (=sus propias doctrinas)”.[37]

+ A través del Bautismo nos hacemos partícipes de esta nueva humanidad: “Con el agua del bautismo, gracias a la acción del Espíritu Santo, se nos revela la intimidad del amor trinitario”[38]: Dios nos ha hecho partícipes de la naturaleza divina” (2 Pe 1, 4).

*Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que así (...) nosotros andemos en una vida nueva. Porque si nuestra existencia está unida a Él en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya”.[39] Ser bautizados en la muerte y resurrección de Cristo. Morir al hombre viejo (diagonal negra), que asume Cristo en la Cruz (cruz negra), para renacer al hombre nuevo (diagonal blanca), al hombre del Espíritu, al Nuevo Adán.

*Lo que fue la sepultura para Cristo, es el Bautismo para nosotros. “Lo que para Cristo fue la cruz y el sepulcro, eso es para nosotros el bautismo, aunque no en las mismas cosas, porque Él murió y fue sepultado en su carne, y nosotros morimos y fuimos sepultados al pecado”.[40]

El hombre viejo debe ser crucificado con Cristo para que nazca el hombre nuevo: “nuestro hombre viejo fue crucificado con Él, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado (…) y si hemos muerto con Cristo, también viviremos con Él (…) su muerte es un morir al pecado, más su vida, es un vivir para Dios. Así también vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús”.[41]

Hemos sido bautizados de niños. Pero hemos de actualizar nuestro bautismo, lo que supone romper con el pasado del pecado y comenzar una vida nueva. El bautizado, al sumergirse en el agua se quedaba sin luz, sin respirar (sepultura de Cristo), pero al emerger recupera la luz, pero ésta es nueva: es Cristo, Luz del que ha renacido del agua y del Espíritu.

*Estoy crucificado con Cristo: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí”.[42] Es el nacer de nuevo de Nicodemo: “como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del Hombre (...), porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su único Hijo, para que todo el que crea en Él (...) tenga vida eterna”.[43]

            Morir al hombre viejo, crucificarlo, ahogarlo en el agua bautismal, sumergirlo en la gracia. Para que nazca el hombre nuevo, el hombre que emerge del agua bautismal. Es la “sepultura bautismal” de la que nos habla San Basilio de Cesarea: “la regeneración es el inicio de una nueva vida. Aunque, para comenzar una segunda vida, es necesario poner fin primero a la precedente. Como en las dobles carreras de los estadios, está prevista una parada y un descanso, antes de reemprender la carrera en sentido contrario; así, en el cambio de vida aparece necesario que una muerte se interponga entre las dos vidas para poner fin a la que precede y dar inicio a la sucesiva”.[44]

Esta sepultura bautismal en la gracia nos hace criaturas nuevas en Cristo. “Y no pienses que la renovación de la vida se hace una vez y es suficiente; sino siempre y cada día, si se puede decir, hay que renovar esa novedad...”.[45]

Desde esta perspectiva, ¡feliz culpa la que supuso semejante Redentor! Feliz cruz de Cristo que crucifica a mi hombre viejo y me posibilita que nazca en mí el hombre nuevo. Desde la perspectiva bautismal, la cruz cambia de signo: ¡ahora es motivo de gloria!: “en cuanto a mí, ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo!, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo. Porque nada cuenta (...) sino la creación nueva”.[46]

            No somos nosotros quienes de repente hemos cambiado nuestra vida, no somos nosotros quienes con nuestro esfuerzo personal hemos hecho salir el sol. El hecho nuevo es que Dios ha actuado, ha roto su silencio, tiende su mano al hombre pecador.

 

3. La Nueva vida queda manifiesta en la Resurrección.

 

PANEL LATERAL DERECHO INFERIOR

            Y esa Nueva vida queda manifiesta en la Resurrección de Cristo: “Fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús. Ellos le preguntan:«Mujer, ¿por qué lloras?» Ella les contesta: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». Dicho esto, da media vuelta y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dice: «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?» Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.» Jesús le dice: «¡María!» Ella se vuelve y le dice: «¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!» Jesús le dice: «Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles: "Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro."» María Magdalena fue y anunció a los discípulos: «He visto al Señor y ha dicho esto”.[47]

·         No le reconoce por el físico, sino al llamarle por su nombre. Y le dice: “no me toques”. La relación con Jesús a partir de ahora es distinta, es espiritual. “En adelante no conoceremos según la carne…”.[48]

·         …aún no he subido al Padre (va hacia la mano)

·         Ve a mis hermanos y díles… (nos mira)

·         Subo a mi Padre y a vuestro Padre…(fortísimo!) (María Magdalena es el centro: tensión entre el sepulcro que representa la antigua vida de pecado (color negro del pecado), y la Nueva vida: la de ser Hijos del Padre, la de subir al Padre (Cristo le envuelve con el manto divino para que no vuelva a la vida anterior, y la arrastra tras de si). Es “el hombre nuevo creado en Cristo para una vida nueva”.[49] Es una SEGUNDA CREACIÓN (S. Ireneo de Lyon).

-“Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”.[50] La vida nueva no es volver al estado original, no es solo reconstruir la imagen-semejanza perdida en el pecado original (estatua Capadocios). ES UN CAMBIO EXISTENCIAL: es ser hijos de Dios, hijos en el Hijo. “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!”.[51]

-Maria Magdalena nos anuncia esta nueva vida de hijos de Dios: “he visto al Señor y ha dicho esto”.

 

4. Cristo Rey del Universo y el Adán redimido que goza de la nueva humanidad

PANEL LATERAL DERECHO SUPERIOR

+ Escena final. Cristo revestido como Señor y Rey del Universo, ofrece el nuevo alimento de la humanidad nueva que le diviniza al hombre: pan y vino (Eucaristia). Y el Nuevo Adán: se vuelve a vestir de la divinidad y en actitud de recibir el Don (reconoce a Dios como Señor).

 

 

 

 

 

 



[1] En la liturgia no se celebran aniversarios en los que se recuerdan episodios de la vida de Jesús, se celebran Misterios. Y una celebración se realiza como un Misterio cuando no nos conformamos con recordar un hecho del pasado el día que ocurrió, sino que lo recordamos de tal forma que participamos en él (San Agustín, Carta 55, 1). Hay un significado místico, no meramente histórico o moral (a través del cual se nos invita a imitar algo). En el rito litúrgico tiene que acontecer algo, por lo que no podemos ser meros espectadores, tenemos que meternos dentro, ser actores.

[2] Rom 5, 19.

[3] S. Justino Diálogos 100, 4-5

[4] S. Ireneo de Lyon Adv Haer III, 22, 4

[5] Rom 5, 19.

[6] Rom 6, 6.

[7] El dorado expresa la gloria de Dios y el blanco que está presente el Espíritu de Dios.

[8] Gn 3, 6-7.

[9] Los colores tienen su significado en el mosaico. El rojo es el color de la divinidad; el azul expresa la humanidad; el blanco es usado para el Espíritu Santo; el dorado indica la gloria y santidad de Dios; el negro es el pecado. De hecho, se pueden ver tres círculos, que representan a la Trinidad: el rojo se refiere al Padre (fuente de la divinidad), el azul al Hijo (es la persona divina que se encarna) y el blanco al Espíritu Santo. Están dispuestos de tal manera que el que entre a la Iglesia quede bendecido por la Trinidad al estilo oriental (santiguarse de derecha a izquierda).

[10] Rom 1, 18-23.

[11] 2 Tesal 2, 7.

[12] Rm 6, 23.

[13] ORÍGENES, Comentario sobre la Carta a los Romanos 6, 6.

[14] Benedicto XVI

[15] SAN AGUSTÍN, De Civitate Dei.

[16] Hb 6, 6.

[17] SAN LEÓN MAGNO, Sermón 70, 5.

[18] Lc 4, 13.

[19] BENEDICTO XVI, Mensaje de Cuaresma del 2007.

[20] Rom 5, 19-20.

[21] DANTE, Divina Comedia.

[22] Zac 12, 10.

[23] Jn 19, 37.

[24] BENEDICTO XVI, Mensaje de Cuaresma del 20007.

[25] Rom 4, 25.

[26] Rom 5, 6-8.

[27] Rom 4, 25a

[28] Lc 22, 61.

[29] Jn 19, 31-34.

[30] Ezequiel 47, 1ss.

[31] Jn 19, 34.

[32] Jn 2, 19-21.

[33] Jn 7, 37-39.

[34] Jn 19, 30.

[35] La tradición occidental subraya que la Redención sobre todo es perdonar los pecados; la tradición oriental subraya, en cambio, que da una nueva vida.

[36] Is 55, 1.

[37] SAN IRENEO, Adversus haereses III, 24, 2.

[38] SAN JUAN CRISÓSTOMO, Catequesis 3, 14.

[39] Rom 6, 3-5.

[40] SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilías sobre la Carta a los Romanos 10, 4.

[41] Rom 6, 6-11.

[42] Gal 2, 20.

[43] Jn 3, 1-17.

[44] SAN BASILIO DE CESAREA, De Spiritu Sancto 15, 35.

[45] ORÍGENES, Comentario sobre la Carta a los Romanos 5, 8.

[46] Gal 6, 14.

[47] Jn 20, 11-18.

[48] 2 Cor 5, 16.

[49] Ef 2, 15.

[50] Rom 5, 20.

[51] 1 Jn 3, 1-2.

 
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